Cada 6 de agosto, la humanidad entera contiene el aliento para conmemorar uno de los capítulos más oscuros, dolorosos y aleccionadores de la historia moderna: el aniversario del bombardeo atómico sobre la ciudad de Hiroshima. Esta fecha no pertenece al pasado remoto ni debe confinarse a los libros de texto, es un recordatorio permanente sobre los límites de la crueldad, la fragilidad de la civilización y la responsabilidad colectiva de preservar nuestra supervivencia planetaria. En este Café de Kyiv, en medio de un panorama internacional profundamente convulso, resulta imperativo mirar esta conmemoración no como una simple efeméride de nostalgia, sino como una advertencia urgente y vigente sobre los riesgos nucleares que hoy acechan al mundo, teniendo lamentablemente como epicentro el territorio ucraniano debido a la agresión rusa.
Ucrania conoce de manera íntima y trágica las heridas indelebles de la energía atómica fuera de control. Llevamos en nuestro tejido social y en la memoria histórica el trauma de la catástrofe de Chornobyl en 1986, un desastre ambiental y humano que demostró con crudeza cómo el átomo no reconoce fronteras ni soberanías cuando la negligencia, el secretismo institucional y la irresponsabilidad imperan. En los primeros días de la invasión a gran escala en 2022, el mundo contempló con horror absoluto cómo las tropas de ocupación rusas tomaban por la fuerza la zona de exclusión de Chornobyl, movilizando blindados pesados que levantaron polvo radiactivo, cavando trincheras en el Suelo Rojo altamente contaminado y manteniendo como rehenes al personal técnico encargado de la seguridad del sarcófago. Aquel acto de temeridad demostró una preocupante realidad: para el agresor no existen líneas rojas ni siquiera aquellas resguardadas por el peligro invisible de la radiación.
Sin embargo, lo que hoy ocurre en la Central Nuclear de Zaporizhzhia —la más grande de Europa y una de las cinco mayores del planeta— ha escalado el riesgo a niveles sin precedentes en la historia de la era atómica. Bajo ocupación militar ilegal rusa desde marzo de 2022, esta planta se ha convertido en el escenario de un chantaje nuclear sistemático. Recientes e indignantes informes de la inteligencia ucraniana han denunciado una realidad técnica verdaderamente alarmante: las fuerzas de ocupación rusas han transformado las instalaciones críticas de la central en una base militar operativa avanzada y en un centro de entrenamiento y lanzamiento de drones de ataque.
Utilizar el perímetro de los reactores nucleares, las salas de turbinas y los almacenes de combustible gastado como un escudo físico para proteger tropas, esconder artillería pesada y operar aeronaves no tripuladas es un acto de terrorismo técnico que desafía cualquier norma elemental de seguridad internacional. El agresor instrumentaliza el miedo global de manera perversa: lanza ataques con drones desde el corazón de la planta sabiendo que Ucrania, en estricto respeto al derecho internacional humanitario y a la seguridad de la población, no responderá militarmente contra esas coordenadas. Esta táctica no sólo pone en riesgo inminente los sistemas de refrigeración y la integridad estructural de los reactores ante cualquier error operativo, sino que vulnera flagrantemente los pilares de seguridad establecidos por el Organismo Internacional de Energía Aérea (OIEA).
Ante este escenario de vulnerabilidad global, México posee una autoridad moral e histórica indiscutible para alzar la voz. Esta tierra es la cuna del Tratado de Tlatelolco, el cual en 1967 sentó un precedente universal imperecedero bajo el liderazgo del diplomático y Premio Nobel de la Paz, Alfonso García Robles. Al proscribir las armas nucleares en la América Latina y el Caribe, México demostró al mundo que la audacia diplomática y la vocación pacifista pueden crear zonas de paz estables y libres del fantasma de la aniquilación atómica. La diplomacia mexicana comprende mejor que nadie que la seguridad nuclear es indivisible: un incidente radiológico mayor en Zaporizhzhia no se limitaría a las fronteras europeas; sus repercusiones en las cadenas alimentarias, la economía global y el medio ambiente impactarían a cada rincón del planeta, incluido el continente americano. Permitir la militarización y el chantaje en una planta nuclear es normalizar un precedente catastrófico para la gobernanza del mañana.
La lección de Hiroshima y el dolor vivo de Chornobyl nos exigen actuar con firmeza antes de que el reloj de la historia marque una hora irreversible. La comunidad internacional no puede normalizar la ocupación armada de instalaciones nucleares. El control total y operativo de la Central de Zaporizhzhia debe regresar de manera inmediata e incondicional a manos de los especialistas técnicos ucranianos y bajo la supervisión irrestricta del OIEA. La desmilitarización absoluta de la zona es la única vía jurídica y física para desactivar una bomba de tiempo que amenaza el equilibrio ecológico y humano de la Tierra.
Al cerrar este espacio, es fundamental hacer un llamado a la acción colectiva y a la memoria reflexiva de las naciones libres. La paz duradera y la seguridad internacional no se construyen cediendo ante el miedo ni otorgando impunidad frente al chantaje. Así como México lideró con valentía al mundo en la ruta del desarme regional en el siglo XX, hoy el concierto de las naciones debe unirse firmemente para exigir que la tecnología atómica sea un motor de desarrollo, salud y ciencia, y nunca más un instrumento de terror, ocupación o destrucción.
*Embajador de Ucrania en México
