En la diplomacia, como en la vida, las palabras no son sólo sonidos, son recipientes de historia, identidad y respeto. En México, un país que con orgullo ha preservado sus raíces y que entiende que nombrar correctamente un lugar es un acto de soberanía, esta reflexión cobra un sentido especial. En este Café de Kyiv, quiero invitarles a descubrir por qué la forma en que escribimos el nombre de nuestra capital y de nuestras ciudades es, en el fondo, una declaración de independencia.
Durante décadas, el mundo conoció a nuestra capital bajo la grafía “Kiev”. Sin embargo, esa forma es una transliteración del idioma ruso, impuesta durante siglos de dominio imperial y soviético. Para nosotros, llamarla Kyiv no es un capricho gramatical; es recuperar nuestra propia voz. La campaña #KyivNotKiev es un llamado global para que el nombre de nuestra milenaria capital refleje su lengua materna, el ucraniano, y no la perspectiva del antiguo centro colonial que hoy intenta, una vez más, borrarnos del mapa.
Nombrar es existir bajo términos propios. Cuando escribimos Kyiv, Odesa, Kharkiv o Lviv, estamos honrando la identidad de quienes habitan esas tierras. El uso de grafías heredadas de la era soviética perpetúa una visión del mundo donde Ucrania era vista como un apéndice y no como la nación soberana, con más de mil años de historia, que realmente es.
Esta restitución de la verdad alcanza un significado profundo en la península de Crimea, cuya ocupación temporal desde 2014 fue el preludio de la agresión actual a plena escala. Durante siglos, la identidad de esta tierra fue sistemáticamente erosionada, sustituyendo sus nombres originales por grafías ajenas. Hoy, Ucrania ha emprendido el camino de la justicia histórica al recuperar oficialmente los nombres geográficos tártaros de Crimea. Devolviendo al uso y a la denominación oficial administrativa los nombres como Aqmescit en lugar de Simferópol, o Kezelev en lugar de Yevpatoria, estamos restaurando la dignidad de los pueblos indígenas de Ucrania. Es un mensaje claro para el mundo: la geografía de la libertad se escribe con los nombres de quienes han habitado y amado esa tierra por generaciones.
Esta batalla por el nombre se vuelve aún más crítica en el contexto de la agresión actual. El agresor utiliza la lengua como un arma, intentando rusificar los nombres de las ciudades que ocupa para intentar justificar su presencia. Por ello, cada vez que un ciudadano en México elige escribir Kyiv, está participando en un acto de resistencia cultural. Está afirmando que Ucrania tiene derecho a su propia lengua y a su propia historia.
Agradecemos que instituciones internacionales y gobiernos se hayan sumado a esta transición. En México, donde el “respeto al derecho ajeno” es ley, entendemos que el primer derecho de un pueblo es ser llamado por su nombre. La paz verdadera también se construye desde el lenguaje, reconociendo al otro en su plena autenticidad.
Al despedir este Café, les invito a que la próxima vez que lean o escriban sobre nuestra capital, elijan Kyiv. En esas cuatro letras no sólo hay una ciudad, hay un pueblo que ha decidido que nunca más dejará que otros escriban su nombre por él.
