El eco del Grito y el valor compartido de la libertad

Serhii Pohoreltsev

Serhii Pohoreltsev

Café de Kyiv

Las campanas que resonaron anoche en cada plaza, pueblo y rincón de esta gran nación aún vibran en el aire. El 16 de septiembre no es únicamente la conmemoración civil más entrañable del calendario mexicano, es la reafirmación viva de un principio innegociable que define el carácter de su gente: el amor apasionado por la libertad y el rechazo histórico a someterse ante cualquier corona, imperio o fuerza extranjera. En este Café de Kyiv, escrito en las horas inmediatas a la fiesta nacional de México, quiero extender una sincera y fraternal felicitación a todo el pueblo mexicano, uniéndome a su júbilo cívico desde el corazón de una Ucrania que comprende, con idéntica intensidad, el precio sagrado de ser soberanos.

Cuando en 1810 el cura Miguel Hidalgo convocó al pueblo de Dolores a romper las cadenas virreinales, no sólo inició una gesta armada, encendió una verdad universal: la dignidad de las personas y de los pueblos no se negocia ni se entrega al arbitrio de un poder foráneo. A lo largo de más de dos siglos de vida republicana, México ha defendido con tenacidad su derecho a labrar su propio destino, consagrando en su doctrina exterior: el respeto irrestricto a la soberanía, la no intervención y la autodeterminación de las naciones. Para los mexicanos, la Independencia no fue una concesión graciosa, sino la conquista colectiva de mujeres y hombres decididos a ser dueños de su tierra.

Ese mismo pulso histórico late con fuerza indestructible en Ucrania. Hace apenas unas semanas conmemoramos el trigésimo quinto aniversario de la restauración de nuestra Independencia de 1991, sin embargo, la agresión a gran escala perpetrada por Rusia nos ha obligado a refrendar ese derecho en el campo de los hechos, defendiendo palmo a palmo nuestra tierra. El agresor pretende resucitar fantasmas coloniales del pasado, asimilando nuestra cultura y borrando nuestras fronteras soberanas. Frente a esa pretensión autoritaria, la respuesta del pueblo ucraniano ha sido el equivalente contemporáneo a aquel grito primigenio: una negativa absoluta a la servidumbre y una firme resolución de vivir en democracia, paz y libertad.

Existe un lazo ético profundo que conecta el alma de nuestras dos naciones a pesar de la distancia geográfica. México y Ucrania comparten una devoción entrañable por su identidad originaria, un orgullo indeleble por sus tradiciones y símbolos patrios, y la convicción compartida de que el orden internacional sólo es sostenible cuando las naciones grandes y pequeñas conviven bajo el imperio de la ley y el respeto mutuo. La solidaridad cívica, cultural y humana que la sociedad mexicana ha manifestado hacia Ucrania encuentra su raíz en esa memoria histórica: un país que derramó sangre por su propia independencia jamás será indiferente ante un pueblo que hoy lucha por preservar la suya.

Al cerrar este espacio, es menester consagrar un merecido homenaje a las y los próceres mexicanos que forjaron una patria soberana, a la par de refrendar el compromiso categórico de Ucrania de no claudicar jamás en la defensa de su tierra y sus libertades. Que el eco del Grito de Independencia siga inspirando a todos los pueblos libres del mundo que se resisten a la tiranía.

¡Viva México libre, próspero y soberano! 

¡Y que la paz justa y la libertad florezcan siempre en una Ucrania independiente!