Un guiño a la hospitalidad

La conciencia de que nuestras acciones por más individuales o consensuadas que sean, pueden tener afectaciones en el entorno y en nosotros mismos.

Las industrias de la hospitalidad, el turismo, el deporte y el entretenimiento siguen creciendo. A nivel universitario, cada vez encontramos más oferta en esa dirección. No sólo se trata de una oportunidad para divertir o distraer a los seres humanos, sino también, de ayudarles a ser más plenamente personas y a que todos aspiremos a una mejor sociedad. Me explico.

El contexto social y político actual ha favorecido en ocasiones el odio, la ira, la polarización, pero también, la frivolidad, lo soez, la indecencia y la trivialización de la belleza. Basta analizar por un momento algunos reality shows, espectáculos, antros, series o tantas otras manifestaciones sociales que pueden ser divertidas y alejarnos del tedio de la semana, pero que, con no poca frecuencia, atropellan la dignidad de la persona. Es fundamental para todos gozar de un sano esparcimiento, aunque al mismo tiempo, necesitamos contacto con realidades que nos ayuden a generar conciencia de que somos seres con aspiraciones magnánimas.

En ese sentido, se agradece, por ejemplo, un evento social donde se cuidan los detalles, un lugar turístico con posibilidades culturales, un concierto con notas que elevan el espíritu, una película inspiradora, una liturgia que nos evoque realidades superiores, una muestra gastronómica majestuosa, una buena obra de teatro o, sencillamente, unos familiares que se arreglan mejor una tarde para festejar un aniversario.

La elegancia es una manera de anunciar los asuntos que nos importan. Sin embargo, no es un valor que esté especialmente de moda. Destacan, en cambio, la espontaneidad, la frescura, lo casual. Atributos sin duda positivos, pero que, si se divorcian por completo de la elegancia, quedan exhibidos como insuficientes en el conjunto de necesidades que tenemos para desarrollar nuestra personalidad de modo integral.

Recientemente tuve la oportunidad de visitar Mérida. Me gustó prácticamente todo: el Paseo de Montejo con casas antiguas remodeladas, el mar en Progreso, la Catedral en el centro, la comida y, especialmente, la gente. Recibí una clase maestra de hospitalidad. Recordé que la elegancia no tiene que ver con criterios rígidos, sino que se adapta con flexibilidad a un contexto; en este caso, a un calor que favorece el uso de guayaberas o serenatas en las plazas principales alentando tradiciones propias. La elegancia, en cambio, sí tiene un común denominador que consiste en valorar la dignidad de la persona y tratarla como tal.

Comento ahora un ejemplo relacionado con el entretenimiento digital que ha generado preocupación en el mundo de la educación. ¿Es indiferente para el ambiente social que Tiktok o Instagram estén llenos de imágenes sensuales? ¿Realmente es neutral el hecho de que la publicidad dirigida en las redes muestre estas imágenes con tanta insistencia, aunque no se soliciten? O, en un caso extremo, ¿cuáles son las consecuencias de la adicción a la pornografía? Muchos psicólogos en la actualidad se han preocupado por este fenómeno: el “entretenimiento” digital no está favoreciendo la salud mental quizá, porque en el fondo, tampoco resguarda la dignidad de la persona.

Como seres humanos no nos limitamos a lo corpóreo, sino que estamos llamados a una mayor trascendencia. En el plano personal, quizá nos ayude reflexionar sobre la relevancia de la autorregulación en función de bienes mayores. En el plano social, pensar si lo que consumimos es positivo, neutro o dañino para el bien común y cómo podemos generar otro tipo de contenidos que contribuyan a una mejor cultura.

No descuidemos tantos aspectos que pueden hacer de nuestra sociedad un mejor planeta. La elegancia combinada prudentemente con lo casual y lo espontáneo dependiendo de las circunstancias. La valoración del cuerpo humano en un contexto que se ordena a un ser que también tiene aspectos espirituales. La conciencia de que nuestras acciones por más individuales o consensuadas que sean, pueden tener afectaciones en el entorno y en nosotros mismos. El cultivo de las virtudes sociales: la amabilidad, la benevolencia, la sinceridad, el autodominio. El respeto a la dignidad de la mujer y del hombre en todo momento.

Existen mecanismos pragmáticos fáciles para entretener, divertir o atender visitantes; suelen obtener ganancias. Sin embargo, la innovación en la hospitalidad y en el entretenimiento tendrían que lograr sensaciones agradables, divertidas y distractoras que, al mismo tiempo, nos eleven, nos amplíen el horizonte, nos ayuden a ser mejores.

Temas: