Patriotas contra entreguistas, la narrativa de la desesperación

Jorge Camargo

Jorge Camargo

Editorial

En los últimos días, hemos atestiguado el uso de la patria como un patrimonio partidista y, desde la arbitrariedad, usada como manto protector de altos funcionarios públicos señalados por el país más poderoso del mundo de haber pactado con el crimen, y en contra de quienes son los verdaderos depositarios de la patria misma. Se usa a los mexicanos como escudo humano contra una justicia que debió llegar desde las instituciones domésticas, pero que hoy están cooptadas por bandas y afines a Morena.

Desde el Monumento a la Revolución se alzó la verdadera voz que se esconde tras el discurso cotidiano. El extremismo que llama al pueblo —ni somos muchos ni seremos más— a prender fuego a la encarnación del capitalismo, como se colocó a Donald Trump, para después desdecirse, porque, en el fondo, ese discurso resonó como la defensa al privilegio de la impunidad y a la inmolación por los compañeros de bando.

Nadie puede estar en contra de lo expresado por el embajador de Washington. La lucha contra quienes han asesinado y desaparecido a miles de mujeres y hombres de bien, hoy cobijados en el oficialismo, no debe politizarse.

El partido en el poder es el que perdería por la vía de la fuerza. Y ya perdió su amuleto llamado García Luna porque le han crecido muchos como hongos. En la desesperación, alude a una conspiración de la ultraderecha estadunidense y acusa a la CNTE de provenir del mismo origen, asemejándose a los ajusticiamientos populares.

Morena entró en desesperación. Quiso, antorcha en mano, quemar a la gobernadora Maru Campos por violar la soberanía, cuando elementos policiacos, acompañados del Ejército y agentes de la CIA, desmantelaron un laboratorio de drogas.

Pero en ese impulso olvidó que la protección real de los cárteles proviene de sus entrañas y, amparado en la soberanía, el partido convirtió a los mexicanos en rehenes de atrocidades.

Ahora se dice y se pide difundir que Donald Trump busca interferir en las elecciones para perjudicar a Morena, cuando lo que en verdad ha hecho el oficialismo es adueñarse de las instituciones electorales para prolongar su pacto de impunidad.

La percepción pública comenzó a desplazarse hacia preguntas mucho más delicadas para el gobierno: ¿hasta dónde llegan realmente los compromisos entre actores políticos y organizaciones criminales? y ¿si parte de las campañas electorales de los últimos años ha sido financiada con dinero cuyo origen nadie quiere explicar?

Frente a ese escenario, el discurso siguió un camino distinto al del necesario esclarecimiento. En lugar de exigir investigación, se atrincheró en el patriotismo y la soberanía.

Cuando el debate dominante gira alrededor de pruebas e investigaciones, el gobierno se revela al mundo como una autocracia dispuesta a proteger sus intereses, aunque éstos vayan en contra del orden internacional.

Ese domingo, Morena volvió a partir el país. Hoy lo divide una frontera ideológica entre quienes supuestamente defienden la soberanía nacional y quienes, por cuestionar al gobierno o exigir explicaciones, son presentados como aliados de intereses externos. La antigua confrontación entre izquierda y derecha fue sustituida por una más grave políticamente: patriotas contra entreguistas.

Que nadie se equivoque, la historia demuestra que éste es uno de los instrumentos comunes de los movimientos que buscan consolidar hegemonías políticas duraderas. Cuando un gobierno consigue identificarse a sí mismo como La Patria, toda crítica deja de dirigirse al poder para convertirse en un ataque al pueblo. El opositor deja de ser un adversario legítimo para tornarse en enemigo moral. La discrepancia deja de ser una expresión necesaria y pasa a interpretarse como una forma de deslealtad; de ahí surge el amago a la prensa.

La salida de AMLO no hace más que complicar el contexto. Él abrió la puerta al crimen.