Psicología del (aficionado) mexicano

En el reciente partido inaugural del Mundial, México se impuso 2-0 a Sudáfrica. Se esperaba que la selección africana ofreciera una mayor resistencia, aunque al paso de los minutos nos dimos cuenta de que no sería así. A pesar del triunfo, la sensación general de la afición fue que el resultado debió ser más holgado, dejando un matiz de insatisfacción con el desempeño tricolor.

Días después, en el mismo Estadio, Colombia se enfrentó a Uzbekistán. Los cafeteros no sólo tomaron el Coloso de Santa Úrsula, sino toda la capital. El día entero se transformó en una fiesta que culminó con una victoria de 3-1 sobre un rival con poca trayectoria en mundiales. Curiosamente, la diferencia de goles fue exactamente la misma que en el México-Sudáfrica; ambos conjuntos latinoamericanos eran superiores a sus oponentes, pero el estado de ánimo fue distinto. Los colombianos salieron más satisfechos con el resultado.

Esta diferencia de reacciones es un pequeño ejemplo que revela el estrecho cordón umbilical que une la psique colectiva con el futbol. En el caso de los mexicanos, el balón nunca rueda en un vacío puramente deportivo; se desliza sobre el terreno de nuestras propias expectativas y reclamos históricos de grandeza. El balompié opera como un espejo de nuestra identidad. Exigimos un virtuosismo en la cancha que no reclamamos en otros ámbitos de la vida nacional. Después de un mal partido pensamos que somos inferiores a Qatar, pero después de un triunfo nos imaginamos compitiendo con Francia. El aficionado mexicano no consume futbol; lo padece y lo juzga desde una emotividad desbordante que oscila, sin escalas, entre el idilio y el agravio.

Con esa herida del inconformismo aún fresca, escuché a un reconocido comentarista mexicano afirmar que Sudáfrica era el peor equipo del Mundial. Nublado por la frustración de no haber presenciado una goleada, su análisis pasó por alto que selecciones como Haití, Curazao o Cabo Verde —evaluadas bajo un criterio menos visceral— son consideradas inferiores a la escuadra sudafricana. No lo he visto recular después del empate de Sudáfrica ante Chequia.

Días más tarde, el TRI se trasladó a Jalisco para medirse ante Corea. La Perla Tapatía brindó un recibimiento espectacular a su escuadra y la fiesta vibró con especial intensidad. No obstante, esa misma sensibilidad afloró al medio tiempo, cuando se escuchó cierta rechifla ante el empate momentáneo sin goles. Ya avanzado el encuentro, Luis Romo logró capitalizar un error del guardameta coreano y, en los minutos finales, México se atrincheró en su propio arco, logrando asegurar una victoria que lo consolidó como líder inamovible del grupo. A partir de ahí, los festejos se multiplicaron. Sabemos que, en el arte de celebrar, los mexicanos somos únicos. Un joven con cabeza de toro bailando en el Ángel de la Independencia fue de las escenas que más llamó mi atención.

Queda claro que la línea que divide la fiesta del abismo anímico es delgada. Supongamos por un momento que El Tala Rangel no hubiera sido capaz de detener aquel agónico remate al final del partido. Los festejos se habrían disuelto al instante. Peor aún, la opinión pública habría caído en los viejos y conocidos vicios mentales: “Siempre nos pasa lo mismo”, “no somos capaces de trascender” o “Aguirre debió buscar el 2-0 en lugar de echarse para atrás”.

Es por esto que el director técnico nacional es el personaje más cuestionado en las calles. Algunos consideran a Aguirre un estratega maduro y pragmático, capaz de transitar por terrenos pantanosos para cosechar resultados improbables, como lo demostró en el Osasuna o Mallorca. Otros piensan que está chapado a la antigua, que sus equipos carecen de vistosidad y que su propuesta carece de rigor táctico. En cualquier caso, El Vasco se encuentra atrapado en una encrucijada. Si es capaz de vencer a una potencia como Inglaterra en octavos de final, ascenderá al estatus de semidiós en el Olimpo del deporte patrio, pero si pierde en dieciseisavos, se convertirá en el peor villano de la historia. Directo al Mictlán, el inframundo azteca. 

Bajo esta catarsis colectiva, he visto a personas sensatas transformarse radicalmente con el futbol. Ciudades enteras se paralizan cuando su selección nacional juega. Pocos acontecimientos mundiales poseen tal magnetismo para convocar a las masas, logrando que más de mil 200 millones de personas sintonizaran el partido inaugural de este 2026. En ningún deporte duele más a la psicología colectiva una derrota, o anima más una victoria.

Es por todo esto, entre muchas otras razones, que el futbol es un deporte grandioso. Tiene la virtud de unir, como ningún líder político podría hacerlo, a las comunidades más regionalistas de un país. Posee la facultad de hacer olvidar, al menos por unos días, las crisis personales o las problemáticas nacionales. Logra emocionar incluso a los no aficionados, quienes portan la playera verde con el mismo orgullo y devoción que el hincha más ferviente. Consigue sacar a la gente a las calles a bailar y cantar, otorgando una bocanada de esperanza a pueblos atribulados o sumidos en la rutina.

El futbol trasciende la cancha. No es sólo un juego ni tampoco un mero negocio multimillonario. Es un fenómeno social, transversal, emocional y multicultural. Es una auténtica bendición.