Un pato de dos años, vestido con la playera del Tri y calzando unas zapatillas diminutas para protegerse las patas, se ha convertido en la criatura más querida de México. Se llama Merlín. Saltó a la fama durante las celebraciones callejeras tras la victoria de México sobre Sudáfrica en el partido inaugural, cuando recorrió el Paseo de la Reforma entre la afición vestido con los colores nacionales. Acompaña a su familia —una madre comerciante y sus dos hijos— a vender agua embotellada en el Centro Histórico, donde, según ellos, funge como “el patrón” que supervisa el negocio. Los domingos se come un taco de carnitas. Y esta semana fue recibido en Palacio Nacional por la Presidenta de la República.
Vale la pena detenerse en lo que esto significa, porque significa mucho más de lo que un pato debería significar.
Somos un país con un talento extraordinario para encontrar la luz en cualquier rendija. Nos pasa siempre. Frente a la tragedia, el terremoto, la crisis, la violencia que no cesa, los mexicanos hemos perfeccionado un mecanismo de supervivencia que pocos pueblos dominan con tanta maestría: el humor y la celebración. Convertimos el dolor en chiste, la incertidumbre en fiesta, la angustia en meme. La propia Presidenta lo dijo: “Es una muestra de cómo somos los mexicanos”. Y tiene razón. Un patito caminando con su jersey nos devolvió, por unos días, una alegría colectiva que escasea. No hay que despreciar eso. La risa compartida es una de las formas más nobles y más antiguas de resistencia.
Pero esa misma virtud guarda su sombra. Porque la frontera entre la válvula de escape y la evasión es delgadísima, y los mexicanos la cruzamos sin darnos cuenta. Mientras nos enternecemos con Merlín, el país sigue ahí, con sus heridas abiertas, esperando que terminemos de reír para volver a exigirnos atención. Y aquí es donde el cuento del pato se complica. Poco después de su aparición en la mañanera, empezaron a multiplicarse las críticas: algunos cuestionaron que la Presidenta recibiera al pato mientras familiares de personas desaparecidas llevan reclamando una audiencia personal desde el inicio del Mundial. No centro esta columna en ese reproche —merecido o no, cada quien lo pesará—, pero sería deshonesto no anotarlo al pasar. Hay algo que incomoda en la imagen: el palmípedo entró a Palacio mientras las madres buscadoras siguen afuera. La ternura tiene su precio simbólico, y a veces lo pagan quienes menos lo merecen.
Lo que me interesa, sin embargo, es el patrón más hondo. Porque Merlín no es el primero. México es un país que fabrica salvavidas a la medida de sus naufragios. Cuando la realidad aprieta, inventamos —o adoptamos— un personaje que nos sostiene. Pepe el Toro nos enseñó que la dignidad del pobre podía ser épica, que se podía ser inocente en un país que rara vez lo es. El Chavo del Ocho convirtió la miseria de una vecindad —el hambre, la orfandad, el barril como hogar— en la comedia más vista del continente, riéndonos precisamente de aquello que dolía. Cantinflas hizo del enredo verbal del desposeído un arte y, de la confusión, una forma de sobrevivir al poder. Cada época mexicana ha tenido su criatura entrañable, su tabla de salvación afectiva. Merlín es apenas el último de una larguísima estirpe de héroes improbables a los que nos abrazamos cuando lo demás se desmorona.
Lo conmovedor —y lo revelador— es que casi siempre son personajes humildes. Un pato callejero. Un boxeador pobre. Un niño de la vecindad. No buscamos salvadores poderosos; buscamos espejos pequeños y tiernos que nos digan que, a pesar de todo, todavía hay algo bueno, algo muy nuestro que todavía sonríe. Es una de las cosas más hermosas de este país. Y también una de las más tristes porque delata cuánto necesitamos que nos rescaten y con qué realidades inimaginables nos reconfortamos. Que el pato sea feliz, entonces. Que su familia registre la marca ante el IMPI y prospere, como merece toda familia trabajadora. Que el Mundial nos dé semanas de alegría legítima. El problema empieza cuando el pato y la fiesta dejan de ser la pausa y se vuelven escondite. Cuando no son el descanso de la realidad, sino su sustituto. Porque las madres seguirán buscando cuando el Mundial termine y Merlín regrese a vender aguas en el Centro. Y la pregunta que ningún meme contesta es si tendremos, para ellas, la misma ternura que tuvimos para el hermoso patito. Ojalá. Pero ya nos conocemos.
