Hace unos días mi universidad anunció que, tras casi 12 años al frente de la rectoría del Campus México, dejo el cargo para asumir un ilusionante proyecto nacional que ahora incluye también a nuestra escuela de negocios. El comunicado oficial fue generoso; hablaba de resultados y metas alcanzadas por la institución durante ese periodo. Sin embargo, más allá de esa versión institucional, me animo a relatar otra, distinta y cualitativa, de lo que significa observar la vida universitaria con una cercanía privilegiada.
Una universidad no es sus ladrillos. Se identifica más en sus aulas, bibliotecas, laboratorios y pasillos. Es su comunidad de profesores, alumnos, colaboradores y egresados. Es, fundamentalmente, las personas que diariamente le dan vida. Son las historias detrás de cada rostro, la vida transformada de muchas personas por esa poderosa vivencia llamada universidad, que a veces solemos reducir, injustamente, a la mera obtención de un título.
Al poco tiempo de iniciar mi gestión como rector, salía de mi oficina por la noche y me esperaba un alumno de ingeniería. Le sugerí acompañarme caminando al coche. Me platicó sus ideas de emprendimiento, le di consejo y lo animé a seguir su sueño. Octavio es hoy un joven empresario al frente de una compañía de TI, inteligencia artificial y ciencia de datos que recientemente nos buscó para reclutar egresados en posiciones directivas. Sus sueños iniciales se quedaron cortos.
Tiempo después me buscaron Victoria, Vania y Karla, alumnas con esa chispa inconfundible de quienes quieren comerse el mundo. Tenían un emprendimiento que expusieron en foros internacionales. Aunque la idea original no prosperó, su crecimiento personal y profesional fue sustantivo. Hace unas semanas volví a ver a Vania, platicándome entusiasmada que preparaba las maletas para irse al MBA en Georgetown.
En una reunión con alumnos que trabajaban en un banco prestigioso, cada uno compartía sus objetivos a futuro. Tomó la palabra Omar y afirmó con soltura que su objetivo era, ni más ni menos, el puesto del propio CEO. Omar formaba parte de Proyectos de vida, en el que becamos a alumnos de colegios de promoción social. El hecho de que un joven procedente de una escuela de Jonacatepec, Morelos, se expresara con esa seguridad, me emocionó profundamente. Tiempo después, le conté la anécdota al CEO del banco. “Pásame su celular, lo voy a invitar a tomar un café”, me respondió. No podía haber mejor cierre para una historia que demuestra cómo la gente, independientemente del lugar del que arranca, puede pensar en grandes metas si se esfuerza.
En esa misma línea conversaba con otro grupo de alumnos de esa misma zona de Morelos. Una de ellas, Itzia, platicaba que trabajaba en Didi mientras estudiaba y compartía su ilusión de crecer profesionalmente para regresar algo a su comunidad. Pocas mujeres de esas comunidades logran estudiar una carrera. Dígame usted, lector, si no resulta ilusionante el panorama que se le abre a esa chica.
Los viajes internacionales o nacionales, donde nos reencontramos con exalumnos, son un oasis ante las jornadas difíciles de la administración universitaria. “¿Ustedes son conscientes de que me cambiaron la vida?”, “me ayudaron también a crear una buena familia”, “recuerdo con cariño a aquel profesor(a) exigente que me formó en pensamiento crítico”, “me ayudaron cuando tuve problemas económicos y pude terminar la carrera” o “me dieron herramientas no sólo profesionales, sino para crecer como ser humano” son frases recurrentes.
Las anécdotas no sólo surgen en los alumnos. Roberto, profesor por asignatura y notario, me decía: “Mi trabajo es la notaría, pero lo que realmente disfruto es dar clases”. Javier, de operaciones, confesaba: “Usted no sabe lo que significa para mí esta universidad. Aquí becaron a mi hijo y he crecido en lo profesional. Y, por si fuera poco, el inspirador de esta universidad, que es santo, nos hizo un milagro”.
Cuando los alumnos llegan a los propedéuticos de ingreso, resultan entrañables. Recién salidos de preparatoria, un poco asustados, enfrentando una nueva etapa. Cuatro o cinco años después ves a mujeres y hombres más maduros, con experiencia, ideas más claras y sueños, mejor preparados para enfrentar un mundo complejo. Un ejemplo análogo aplica a los alumnos de posgrado.
Desde luego, no todo es perfecto en las universidades. Coexisten historias difíciles, errores cometidos y sueños truncos. Con todo, en la gran mayoría de los casos hay transformaciones para bien, personas que se desarrollan gracias al estudio profundo, a los diálogos con profesores y al acompañamiento de una comunidad atenta.
Estas anécdotas son apenas pinceladas sobre un enorme lienzo llamado vida universitaria. Necesitaría nuevas columnas para hablar de otros aspectos como generación del conocimiento o difusión de la cultura. En lo que se refiere a los estudiantes, más allá de números, estadísticas o rankings, las universidades deberían medirse por su capacidad real de transformar para bien a cada persona además de catapultarla en lo profesional. Al menos en mi experiencia, me ha tocado presenciar multitud de rostros cuya vida ha adquirido mucho más sentido y cuyo horizonte es esperanzador.
