Algo se debe reconocer sin miramientos cuando se trata de dimensionar y, quizá, intentar comprender las problemáticas actuales de nuestro país: no hay un solo tema en el que se refleje la constante y efectiva lucha que al aparato de comunicación del gobierno y sus respectivos corifeos mantienen en contra de la realidad. No les han faltado las estrategias para lanzar argumentos, de manera sistemática, que se ajustan a la medida de ese discurso condescendiente que bien se ha consolidado entre sus seguidores y clientes electorales; así, tampoco faltan los lugares comunes que de inmediato surten el efecto a nivel discursivo, como un acto de magia pura que termina por articularse gracias a esa suerte de guion que se conoce a la perfección desde hace ocho años y que se proyecta como un prístino ejemplo de la retórica populista más simple y llana.
En ese sentido, se apuesta por una rápida estrategia que llene de ruido y levante el polvo más denso ante cualquier señalamiento que ponga en entredicho su pretendida superioridad moral, que cuestione su imagen política, su desempeño en la administración pública, aquella rigurosa y chabacana afirmación del “lado correcto de la historia” y merme la incuestionable popularidad de su gobierno. El guion está bien aprendido. No obstante, allí quedan las grietas por las que se asoma la incómoda realidad que termina por imponer sus propios claroscuros.
Y, justo en ese momento, se cumple una de las apuestas del oficialismo: que todo sea cuestión de frases, consignas, discursos chabacanos que terminan por obturar la mirada crítica, el análisis y los números que no corresponden a esa nueva categoría de la interpretación estadística inaugurada hace algunos años, la de “los otros datos” –que precisamente se emplean como fichas que se lanzan a un tablero para generar ese ruido y, por ende, estirar el delgado hilo que provoca la tensión entre el espejismo retórico y esa incómoda realidad–.
Así, mientras se dirime en redes sociales, en programas de análisis, en medios de comunicación la importancia de una noticia, de un hecho que podría ocupar nuestra atención de manera contundente y decidida, se diluye su impacto y trascendencia: a fin de cuentas, quizá en cuestión de unas horas, aparecerá otra noticia tan ominosa o frustrante que requiera atención y su respectiva carga de indignación pasajera.
Parecería que se manejan tabuladores en los que se mide cuál sería el hecho o la noticia que les cause menos estragos en esta época, el umbral de las elecciones del próximo año, para lanzar sus propias apuestas por el olvido, la tenue arquitectura de esa amnesia tan singular que padecemos como sociedad: en efecto, aquella que ha permitido “santificar” a quienes fueron protagonistas de un priismo acendrado y que hoy muestran el brillo de sus plumajes como resultado de su milagrosa conversión –tan propia del pragmatismo de la llamada Cuarta Transformación–.
Pero también esa amnesia que nos ha llevado a colocarnos, como sociedad, en un punto en el que el horror ante la barbarie, ante la desgracia, la impunidad y la injusticia apenas nos provoca un breve atisbo de indignación. No hay tiempo ni lugar para dimensionar la desgracia y, mucho menos, si termina por imponerse la inmejorable aliada del oficialismo y de la amnesia social que es la indiferencia. Sólo así se puede llegar a explicar que ante la noticia del descubrimiento de una fosa clandestina en Zacapu, Michoacán –en la que podrían encontrarse más de mil 600 dientes de leche–, como sociedad no alcancemos a detener nuestro camino cotidiano. Al parecer, también comenzamos a olvidar lo que es la indignación y el dolor ante la tragedia –mientras no forme parte de una bien conocida campaña electoral en el caso de los desaparecidos de Ayotzinapa–.
Así, ante el horror de esta noticia, la estrategia del oficialismo por levantar el polvo que se requiere para ensordecer la discusión entró en el juego de manera inmediata; pero lo de menos es intentar descalificar la información, buscar culpables que son parte de conspiraciones o restarle importancia e inclusive negarla. Lo que se subraya es que el maquillaje de las estadísticas oficiales no alcanza a informar de manera anual cuántas niñas y niños se pueden considerar desaparecidos, como sí lo hace la Red por los Derechos de la Infancia en México o la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, cuyas cifras pasan desapercibidas entre una sociedad que cada vez más prefiere mirar a otro lado. Y aún más, tenemos la triste certeza de que este caso no es excepcional.
Y no se trata de hablar acerca de las Madres Buscadoras o la controvertida ineficiencia de las autoridades en estos casos, se trata de imaginarnos nuestro propio futuro como seres humanos. Lo que está en juego es nuestra propia condición humana y la tranquilidad de quienes comparten nuestra mesa: tenemos mucha tarea por delante.
