Desde hace tiempo sigo la pista a Luis de la Fuente, director técnico de la selección de España. Su triunfo en la Eurocopa acaparó reflectores y su victoria en el Mundial engrandeció aún más su figura. Escuché varias conferencias de prensa suyas y leí su autobiografía titulada La vida se entrena cada día. Después de reflexionar sobre el tema, me pregunto dos cosas: si su filosofía de vida aplica a otros ámbitos –la empresa, la educación, la política– y si habría yo escrito este artículo en caso de que su actuación mundialista hubiera fracasado.
Lo primero que llama la atención en su biografía es su ética de trabajo. Puede ser condescendiente con ciertos defectos de sus jugadores; lo único innegociable es el esfuerzo, el sacrificio, el empeño y el trabajo en equipo, no el resultado. El valor del esfuerzo y del trabajo bien hecho está por encima de la victoria.
Mientras transcurría el Mundial, me llamó la atención su sensatez en todo momento. Su primer partido generó dudas al empatar con un equipo aparentemente muy inferior llamado Cabo Verde; en su conferencia no se le vio incómodo, presionado ni a la defensiva. Más adelante obtuvo triunfos notorios, como el sorprendente ante Francia; ahí mantuvo la ecuanimidad, la humildad y la sensatez.
Lo anterior podría parecer una postura políticamente correcta. Sin embargo, cuando conoces su modo de ser, te das cuenta de que realmente corresponde a una realidad más interna. Es una persona cercana, accesible y serena. En su filosofía, si alguien le pide un autógrafo hay que darlo; ser amable con los aficionados no sólo es parte de su trabajo, sino obligación profesional y contacto humano.
En un trabajo que en ocasiones puede ser monótono, De la Fuente intenta retarse diariamente para generar expectación, novedad y motivación. Para él no es tan difícil, pues tiene una clave que es tirar desde el corazón. Contrasta su figura con tantos líderes actuales, que privilegian el resultado pragmático sobre el desarrollo de las personas o creen que el liderazgo se reduce a hacer que los otros hagan lo que yo quiero.
En mi caso, que soy creyente, me llama mucho la atención la naturalidad con la que habla de su fe. No la instrumentaliza, pidiendo al Ser Supremo que le permita ganar partidos, pues sabe distinguir los planos y ése no es precisamente el propio de la actuación divina. En cambio, lleva una relación natural con Dios, que sencillamente le ayuda en su vida ordinaria, da sentido a lo que hace, le otorga fortaleza en los momentos difíciles y le acompaña también en los buenos. Su fe ilumina no sólo su trabajo, sino su realidad familiar y personal.
Otro aspecto interesante es que selecciona jugadores no sólo por el aspecto futbolístico, sino también por el humano. Se expresa siempre muy bien de sus jugadores, a quienes califica como gente generosa y buenas personas, con virtudes humanas. Su grupo es equilibrado en lo deportivo y lo humano. De hecho, su equipo tenía menos estrellas que aquella selección de 2010 y en este 2026 no sólo fue superior a sus rivales en todos los partidos, sino que no se descomponía cuando el estratega hacía cambios.
En este terreno se nota también una similitud con las empresas y gobiernos. Muchas organizaciones fracasan por no saber colocar a la gente en su mejor lugar, por tratar mal a las personas, por minusvalorar el trabajo de quienes lucen menos. O por el comportamiento de brillantes individuos concretos que, sin embargo, al adoptar posturas arrogantes o ególatras, descomponen el funcionamiento general.
Otros puntos podría resaltar de la filosofía de este entrenador que tienen aplicación en otros ámbitos: no cree tanto en la suerte sino en la calidad, el cariño a sus jugadores no está peleado con la exigencia, también sabe perder, como en aquella Nations League contra Portugal, su grupo de trabajo tiene tintes de familia, la comprensión no está peleada con la superación personal.
Siendo honesto, me parece que, si su equipo hubiera fracasado, no habría escrito este artículo. Naturalmente los resultados son importantes y, en este caso, brillan de modo especial por toda la filosofía de trabajo que hay detrás. Sin embargo, me gusta verlo también al revés. Es precisamente este modo de pensar, trabajar y vivir el que, al hacerse de manera consistente, enfrentará algunas derrotas y sinsabores, pero elevará notablemente las probabilidades de éxito en el largo plazo.
Quizá ahí está la última enseñanza con la que me quedo. El trabajo bien hecho, la manera de tratar a las personas que dependen de uno, la manera de entender al ser humano, el buen corazón y la capacidad profesional, prácticamente siempre acaban dando resultados con el paso del tiempo.
