Un amplio menú

Para proteger la verdad se puede disimular. 

Karl Kraus

Vaya que se tiene para elegir en el amplio menú de los despropósitos que observamos y escuchamos durante los últimos días. Aunque la naturaleza de sus protagonistas es de una amplia variedad en la administración pública, la mayoría es parte de un oficialismo que apuesta por continuar con su ardua tarea de levantar tanto polvo como sea posible, para que los señalamientos de los posibles vínculos de algunos de sus miembros con el crimen organizado y de los indicios de sus corruptelas queden en un segundo plano. Y, sin embargo, no todo puede estar bajo control cuando en la escena irrumpen dos elementos que no estaban contemplados del todo: un personaje incómodo que se maneja con sus propias reglas y, por otro lado, la audacia de quienes se regodean en su propia soberbia.

En efecto, usted puede elegir el despropósito que le parezca más interesante, digno de análisis o, simplemente, aquello que forme parte de una escena de la obra peor escrita en el género del absurdo. Así, en el amplio menú coexisten las andanadas de la Suprema Corte de Justicia y su trágico elenco que raya en la comedia involuntaria –aunque no es nada gracioso lo que avalaron en el tema de las afores y los millones de pesos que implica su decisión cuando las elecciones están bajo conteo regresivo–, la incuestionable armadura de quienes están protegidos por el manto protector del gobierno, a pesar de los múltiples señalamientos que existen en su contra –Rocha Moya o el legislador-becario Inzunza son la punta del iceberg que se sostiene en medio de los mares de la impunidad–, los tristes y pálidos soliloquios de una oposición que camina fantasmalmente en medio de los pasillos del laberinto de lo intrascendente o, por supuesto, la inesperada vuelta de tuerca que ha brindado el gobierno de los Estados Unidos –ese personaje incomodísimo para el gobierno mexicano– al retirar la visa a uno de los personajes más simbólicos para la llamada Cuarta Transformación. ¡Ah, claro! No podía estar fuera del menú el affaire de la consejera jurídica del Poder Ejecutivo al revelar una lista de quienes considera sus adversarios en medios de comunicación y en las redes sociales.

Ya cada quien elegirá el incendio político que mejor acompañe su café; sin embargo, más allá de la sorna que implica esta analogía, es necesario subrayar que en cada caso se pone en evidencia la desafortunada calidad y estatura moral de los personajes políticos en quienes se encuentra la suerte de nuestro país. Lo que resulta evidente es la necesidad de observar y dimensionar el papel que, como sociedad, jugamos ante semejante panorama. Y no se requiere de una premonición academicista para entender que la polarización, la irracionalidad y el fanatismo serán los “argumentos” que se esgrimirán entre tirios y troyanos, mientras la ciudadanía se concentra en intentar resolver su propia cotidianidad que está definida por todo tipo de violencia. Y, en efecto, no faltarán quienes aplaudan, validen y hagan eco de todo tipo de arbitrariedades, discursos revanchistas y justicieros, retóricas mendaces, impunidad y corruptelas por el simple hecho de observar el mundo bajo la tutela de su propio fanatismo. La discordia que se sembró desde hace un par de décadas sigue rindiendo frutos rozagantes y peligrosos.

Y, en cuestión de un chasquido, nos vemos en medio de discusiones en las que el patrioterismo y el nacionalismo chabacano serán los mantos que envuelvan, quizá, al nuevo “prócer” del movimiento oficialista que, por supuesto, desacreditará todo tipo de señalamiento en su contra. Y, también, en menos de lo que suenan los acordeones y entrampados en el pantanoso asunto del llamado “derecho de las audiencias”, se asoma el escarceo del autoritarismo del actual gobierno que implica el publicar una lista en pleno acto oficial y con todos los recursos del Estado: a pesar de los intentos por echar a andar la maquinaria del eufemismo que tanto le gusta al actual régimen, quienes tengan presente sus breves lecciones de historia de la secundaria no podrían ignorar todo lo que han implicado actos semejantes tan sólo en el siglo pasado.

Pero que no se olvide algo que también nos regala la historia: quienes actualmente aplauden y validan el atropello, el día de ayer se rasgaban las vestiduras por enfrentarse a esos mismos abusos y agravios. ¿La diferencia? Un cambio de colores, un ajuste de retórica y, claro, nuevos “próceres” que, a fin de cuentas, no están exentos de la Rueda de la Fortuna. ¿Quiénes activarán ese mecanismo del destino? ¿La oposición? Al parecer no es tiempo de caricaturas. No dudemos que la respuesta está en nuestra propia mesa.