El redescubrimiento del MIT y McKinsey
En tiempos de vertiginoso avance tecnológico, con una inteligencia artificial en ascenso, resulta significativo —y hasta sorprendente— que el instituto tecnológico más prestigioso del mundo y una de las firmas de consultoría más influyentes hayan decidido volver la mirada hacia la persona
El desarrollo de la sociedad sólo es posible mediante el desarrollo de los individuos que la integran.
Carlos Llano, 1998
Dos publicaciones aparecidas esta semana llamaron mi atención. La primera, un artículo de la consultora McKinsey titulado Why human-centric skills are more critical than ever today. La segunda, del MIT, incluye dos textos: Power of Human Insight y Supercharging Human-Centered Thinking at MIT.
Según Power of Human Insight, si aspiramos a resolver los problemas más graves del mundo, debemos centrarnos en la persona. Además, es clave entender que toda solución tecnológica conlleva un impacto social, ya sea positivo o negativo. En esa línea, el MIT se ha propuesto formar a sus estudiantes con una visión que nunca pierda de vista el elemento humano en su quehacer profesional. Aquella frase de “si no afecto a nadie puedo hacer lo que yo quiera” parecería estar en entredicho; en efecto, cualquier acción humana, tiene algún tipo de efecto hacia afuera, aunque no parezca.
Por su parte, Supercharging Human-Centered Thinking at MIT expone las iniciativas del MIT Human Insight Collaborative (MITHIC), una colaboración entre la Escuela de Ingeniería y la Escuela de Humanidades, Artes y Ciencias Sociales. Esta alianza busca potenciar el pensamiento estratégico centrado en la persona, abriendo nuevas perspectivas para el progreso social sin renunciar a la innovación.
El ensayo de McKinsey, en paralelo, se enfoca en las competencias human-centric, cada vez más críticas en un entorno tan complejo como el actual. Desde esa perspectiva, el liderazgo contemporáneo exige una capacidad de equilibrio notable: gestionar tensiones, armonizar puntos de vista opuestos, ser confiado y humilde a la vez, decidido, pero capaz de empoderar a otros, combinar visión de corto y largo plazos. Estas aparentes contradicciones sólo pueden resolverse desde liderazgos profundamente centrados en la persona.
Los atributos de ese liderazgo humano incluyen la autoconciencia, la humildad y la resiliencia; liderar desde el propósito y no desde el ego; construir redes de colaboración, pensar estratégicamente, mantener una visión holística, y encontrar el justo balance entre el servicio a los demás y el cuidado de uno mismo.
En tiempos de vertiginoso avance tecnológico, con una inteligencia artificial en ascenso, resulta significativo —y hasta sorprendente— que el instituto tecnológico más prestigioso del mundo y una de las firmas de consultoría más influyentes hayan decidido volver la mirada hacia la persona. O quizás, visto desde otro ángulo, lo sorprendente es que apenas lo estén redescubriendo.
Por un lado, frente a los riesgos y las incertidumbres de un desarrollo tecnológico sin marcos éticos claros, no sólo resulta lógico que la atención regrese a la persona: en realidad, es lo evidente, lo que nunca debió perder protagonismo. Por otro lado, y en una lectura más optimista —y, en mi opinión, más acertada—, la verdadera riqueza está en la sinergia entre lo técnico y lo humano, entre la tecnología y quien la crea y la usa. Ése es, quizás, el mejor de los mundos posibles.
Hoy, más que nunca, el mundo necesita organizaciones que pongan a la persona en el centro. En lo empresarial, lo político, lo social, la dignidad humana debe ser el eje. Pero, al mismo tiempo, nuestra sociedad requiere del mayor profesionalismo: las mejores técnicas, los desarrolladores más capaces, las tecnologías más avanzadas. En otras palabras, necesitamos tanto al MIT como a McKinsey. Y también necesitamos, con igual urgencia, la centralidad de la persona. Ni un humanismo desprovisto de profesionalismo, ni una técnica vacía de humanidad parecen caminos sostenibles a largo plazo.
Es por eso que urge combinar curiosidad con humildad, competitividad con colaboración, excelencia con calidez, profesionalismo con equilibrio de vida, y cuidado de las personas con desarrollo organizacional. Sabemos que en la práctica esto no es fácil. Ninguna organización es perfecta. Pero el simple hecho de enunciarlo y trazar ese rumbo ya representa una ganancia significativa.
Enhorabuena, McKinsey. Enhorabuena, MIT.
