Detrás de la justicia y el bien

Se extrañan la amabilidad, la cordialidad, el cuidado del otro, el agradecimiento, la empatía y la comprensión. Peor aún, estas actitudes suelen ser vistas con desconfianza o sospecha. Y es que, como señala Habermas, no basta con una justicia fría ni con la simple búsqueda del beneficio individual. “Sumo derecho, suma injusticia”, nos recuerda el aforismo romano

Jürgen Habermas, reconocido filósofo y teórico social, desarrolló una teoría en torno a la justicia y el interés propio. Según su planteamiento, la justicia no debería limitarse únicamente a la distribución equitativa de los bienes. Al mismo tiempo, cuando los individuos enfocan su atención exclusivamente en su propio beneficio sin considerar el bien común, las consecuencias pueden ser alarmantes. Tal vez sus palabras resultaron proféticas ante lo que sucede en muchas sociedades modernas.

La justicia, por tanto, debería aspirar a algo más: ampliarse, desbordarse, ser más generosa. Lo mismo ocurre con nuestra relación con los bienes, que tendría que trascender el egoísmo y abrirse a la posibilidad de compartir con los demás. Sin embargo, la realidad parece avanzar en dirección contraria.

El afán desmedido por el interés propio y la lógica constante de la competencia y la disputa —tanto en lo público como en lo privado— han generado dinámicas en las que, con frecuencia, todos terminan perdiendo. En los escenarios de confrontación ganar-perder, la paradoja es que incluso los supuestos vencedores resultan afectados. Como decía Bertolt Brecht: “Entre los vencidos, el pueblo llano pasaba hambre. Entre los vencedores, el pueblo llano la pasaba también”.

  • Esta semana tuve la oportunidad de escuchar la intervención de un antiguo rector de la Universidad de la Santa Cruz (Roma). Explicaba cómo, en ocasiones, los padres pueden enfadarse con sus hijos por una travesura, incluso por una mala acción, pero ese enojo superficial queda superado por un sentimiento más profundo de amor. Curiosamente, en la sociedad actual nos movemos entre emociones periféricas, como el miedo o la ira, sin ser capaces de conectar con sentimientos más hondos que podrían templar esas reacciones y dar mayor sentido a la realidad.

En el ámbito político, parece imponerse una civilización de los malos modos, donde las emociones periféricas son fácilmente manipuladas. Lo mismo ocurre en los medios de comunicación y las redes sociales. En la esfera privada, la lógica del interés propio y la reducción de la justicia a mínimos formalistas han debilitado la posibilidad de construir una sociedad cimentada en sentimientos más nobles, como la confianza en la dignidad de la persona o la naturaleza social del ser humano.

Se extrañan la amabilidad, la cordialidad, el cuidado del otro, el agradecimiento, la empatía y la comprensión. Peor aún, estas actitudes suelen ser vistas con desconfianza o sospecha. Y es que, como señala Habermas, no basta con una justicia fría ni con la simple búsqueda del beneficio individual. “Sumo derecho, suma injusticia”, nos recuerda el aforismo romano. Se necesita mucho más para edificar democracias funcionales y sociedades maduras. La justicia requiere de la caridad; una verdadera justicia sólo puede consolidarse cuando se considera el bien del otro y el bien común.

  • Tanto las posturas socialistas como las liberales o capitalistas han desarrollado conceptos de justicia y bien claramente insuficientes. Una visión más amplia permitiría fortalecer los sentimientos profundos enraizados en principios como el respeto a la dignidad humana y la necesidad, inherente a todos, de nutrirnos del vínculo con los demás. Además, esta perspectiva favorecería que la lógica política y comunicativa diera mayor cabida a emociones positivas en el espacio público.

Si bien lo anterior puede parecer una tarea titánica a nivel social, es plenamente viable en los núcleos familiares y en pequeñas comunidades. En el ámbito educativo, más que posible, resulta indispensable. La solución, por tanto, debe partir de lo particular hacia lo general, en un proceso gradual. Es una transición tan necesaria como alcanzable.

Temas: