¿Simulacros o simulación?

Salir más rápido, mayor posibilidad de sobrevivir.

Después de los sismos de 1985, la política pública de la Protección Civil se transformó. Se aprobaron leyes en la materia, se implementó  el Sistema Nacional de Protección Civil y se crearon instituciones como el Centro Nacional de Prevención de Desastres (Cenapred) ¿Por qué si hemos avanzado tanto en la materia, no se pudo evitar la tragedia del Rébsamen?

No hay explicación científica sobre la increíble coincidencia de que tiemble el 19 de septiembre en tres años diferentes. Incluso, en septiembre del 2017 y el de este año, a propósito de la fecha, acabábamos de concluir un simulacro para prepararnos para un posible sismo, cuando éste ocurrió. Cabe mencionar que la actitud de las personas cambia radicalmente entre el simulacro y la realidad. En el primero, todos salen de los lugares donde se encuentran, sonrientes y sin prisa, pero, en el segundo, la gran mayoría, experimenta angustia y terror. Caminan de prisa o corren, atropellan, empujan y, hasta sufren ataques de ansiedad o infartos.

Y es que no es para menos, los que vivíamos en el centro histórico en 1985, recordamos muy bien que el que sale más rápido, de una posible mala construcción, tiene mayores posibilidades de sobrevivir; incluso, si el sismo es terremoto de la magnitud de ese 19 de septiembre, hasta las buenas construcciones se colapsan. De igual forma, los que han vivido cualquier sismo en pisos elevados en escuelas, oficinas y unidades habitacionales, saben que el mayor riesgo se encuentra en las escaleras, cuando todos intentan escapar al mismo tiempo. Ante estas circunstancias, pareciera que no tiene caso hacer simulacros, porque además, la experiencia nos dice que las tragedias se producen, mayormente, por otras razones ajenas a lo que aprendemos en un simulacro. Ejemplo de ello es lo que sucedió en el Colegio Rébsamen, la tragedia en donde perdieron la vida 19 menores de edad y siete adultos. Quizás no hubiera sucedido de esa forma, pero fue determinante  la negligencia administrativa y los posibles actos de corrupción.

Es decir, en este caso, evitar la tragedia no dependió de saber qué hacer en caso de un sismo, sino de las normas de construcción y su no cumplimiento. Lamentablemente, por un lado, a pesar de los años y las víctimas, no hay un cambio radical de esas reglas de construcción; y, por otra parte, es conocido el problema estructural de la corrupción. Por ejemplo, hay plazas comerciales recién construidas que sólo tienen un acceso y para que las personas que se encuentran en el fondo logren salir en caso de un sismo, tienen que caminar más de medio kilómetro encima de estacionamientos subterráneos; o para bajar de una  planta alta, sólo tiene escaleras eléctricas (a la vista) que, por el movimiento, dejan de funcionar porque falla la energía eléctrica, o hasta se caen porque su diseño técnico no es el adecuado para resistir un sismo.

Esto influye para que las personas tengan la sensación de mayor inseguridad dentro de una construcción, en consecuencia, tratan de ponerse a salvo en la calle, en donde la mayoría de las ocasiones se encuentran en igual o peor peligro. Cables eléctricos colgando, transformadores que se caen, coladeras sin tapa, banquetas invadidas o en mal estado, marquesinas o bardas a punto de caerse.

Por otra parte, no existe un protocolo para enfrentar ciertas situaciones, por ejemplo, con respecto a la réplica del jueves, a pesar de la intensidad del movimiento, pocas horas después, en la Ciudad de México, la vida continuaba como si nada. No se suspendieron clases para revisar las escuelas ni las estructuras viales (incluso, el periférico a las 6 de la mañana, parecía más lleno que de costumbre). Tampoco se diagnosticaron otros lugares de gran concentración de personas, por ejemplo, el Metro, los mercados públicos, las plazas comerciales, los restaurantes, las oficinas privadas o de gobierno, etcétera.

De esta forma, parece que la autoridad no toma en serio la protección civil porque la limita a un simulacro, en lugar de un cambio radical en la forma ejercer el poder político, para prevenir tragedias.

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