La crisis del sistema de partidos

En México hay partidos políticos desde 1813.

Para Hans Kelsen, no se puede hablar de democracia moderna sin hablar de partidos políticos o, mejor dicho: Estado de Partidos (De la esencia y valor de la democracia, 2006). De esta forma, la confrontación interna que enfrentan el PAN y el PRI después de los resultados electorales del 2 de junio, y que hizo crisis esta semana, evidenció, una vez más,  la fragilidad del sistema de partidos en México, y el riesgo de la preponderancia del autoritarismo  político que esto conlleva.

Un sistema de partidos fuerte puede frenar la decadencia de la democracia, pero la democracia como régimen político no prevalece bajo un modelo de sistema de partidos autoritarios o satélites, eso ya lo hemos vivido. Sin embargo,  el sistema de partidos democráticos sólo se produce si tienen esa convicción quienes conforman las estructuras partidarias.

La historia política de México está saturada de evidencias sobre el surgimiento de partidos políticos desde 1813, cuando al calor de la Guerra de Independencia y frente a la polarización entre monarquistas y republicanos, aparecieron los primero partidos: los Escoceses  y  la Logia Yorkina, respectivamente. A partir de entonces, cada vez que los hombres luchaban por el poder, fundaban partidos políticos a pares, es decir, frente a los centralistas, surgieron los federalistas; frente a los conservadores, los liberales; frente a los antirreeleccionistas, los reeleccionistas, etcétera. Pero esto no significó construir un sistema de partidos para fundamentar un régimen democrático.

Hasta 1911, hacer un partido político no tuvo ningún obstáculo burocrático, pero con la nueva ley electoral se necesitó presentar cien firmas. Esto no limitó la aparición de nuevos partidos, con nuevas tendencias ideológicas e intereses locales, federales o internacionales. Pero la proliferación de partidos, otra vez, no significó la consolidación  de un sistema de partidos, y, por ende, no impactó en el fortalecimiento del régimen democrático.

Después de la promulgación de la Constitución de 1917 y la ley electoral de 1918, la elección del Presidente de la República fue directa, por lo tanto, la lucha por la titularidad del Poder Ejecutivo se recrudeció, y, hasta la administración cardenista, prevaleció una confrontación política polarizada. Incluso,  en algunos momentos, se impuso la lucha fratricida por la máxima representación política del país, que fue encabezada por militares hasta 1946.

Paradójicamente, a la par de que los militares dejaron de competir por la Presidencia, los civiles fortalecieron el régimen autoritario del viejo PRI por medio de la centralización de decisiones partidarias por el presidente de la República en turno. Ante el éxito de la imposición hegemónica electoral, las relaciones verticales y autoritarias se mantuvieron en el PRI hasta que perdieron su hegemonía en 1997 y comenzó el declive.

Por su parte, después de la reforma de la década de los años 90, por una o por otra razón, ni el PAN ni el PRD lograron consolidar liderazgos democráticos a largo plazo; en el PAN se impuso como favorita la candidatura de Vicente Fox; y el en el PRD la de Cuauhtémoc Cárdenas y, posteriormente, la de López Obrador, pero todas al calor de las coyunturas de la lucha por el poder político. Esta dependencia de liderazgos frenó el fortalecimiento del institucionalismo, del sentido de identidad y pertenencia partidaria de la militancia y, más temprano que tarde, se pagaron las consecuencias: un personaje autoritario, que no respeta las reglas del juego y usa la demagogia, logró hacerse de la máxima representación política.

El autoritarismo se puede desarrollar como un cáncer que comienza dentro de las estructuras partidarias, pero sus alcances impactan gravemente al régimen democrático porque los  agentes portadores de esta enfermedad son los representantes políticos que emanan de estos partidos que, sin cultura democrática, cuando son electos,  toman decisiones autocráticas cuando ejercen el poder político en el Ejecutivo o Legislativo,  tal y como lo hicieron al interior de las estructuras partidarias para imponerse como líderes.

¿Eso quieren los partidos políticos que siga sucediendo?

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