Independencia judicial y democracia

Sólo con independencia podrá defender la Constitución

Nadie escuchó mal. Literalmente, el presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, dijo que la ministra Norma Piña era presidenta del Poder Judicial “por él”. Ahí están los audios de la conferencia matutina del miércoles 8 de febrero: “La señora presidenta de la Corte, para hablar en plata, está por mí, de presidenta, porque antes el presidente ponía y quitaba a su antojo al presidente de la Corte”. Al respecto, vale la pena recordar dos hechos: En primer lugar, la ministra fue propuesta para el cargo en 2015, en una terna que envió el expresidente Enrique Peña Nieto al Senado de la República y, de esa forma, los legisladores votaron y la eligieron a ella para ocupar una de las vacantes. En segundo lugar, fue electa presidenta porque así lo decidieron la mayoría de las y los ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN). Decir otra cosa puede resultar maniqueísta, porque se intenta descalificar la decisión de las y los senadores y de las y los ministros; además, es intentar minimizar la capacidad profesional de la ministra y el reconocimiento público del que goza por su trayectoria. Eso, “en plata”, podría identificarse como violencia política en razón de género, definida ampliamente en el Capítulo IV bis de la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia.

Cabe recordar que, antes del escándalo de la ministra Yasmín Esquivel, que detonó porque se descubrió que plagió la tesis para titularse de licenciada en derecho, se pensaba que ella podría ganar la votación para dirigir el Poder Judicial, porque existía la creencia de que, después del ministro Arturo Zaldívar, ella era la persona favorita del Presidente para ocupar el cargo y eso podría haber influido en la decisión de algunos de los y las ministras. Afortunadamente, optaron por elegir a quien consideraron con mejores aptitudes y méritos para presidir la SCJN.

Cabe citar que el discurso de aversión del Presidente no es nuevo; desde que fue electa la presidenta, él recordó que ella siempre había votado en contra de sus iniciativas. Entonces, el “desencuentro” del 5 de febrero, en el evento que se realizó en Querétaro, en el contexto de la conmemoración del 106 aniversario de la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos, sirvió de pretexto para seguir usando el mismo tono de descalificación hacia ella.

Al Presidente no le gustó que la ministra presidenta no le aplaudió de pie cuando lo presentaron, pero, cabe preguntar: ¿en dónde está el mandato que exige tal actitud de la representante del Poder Judicial? Dicen algunas voces que por protocolo se debe hacer así. Escrito no está, pero se entiende que los usos y costumbres heredados del presidencialismo metaconstitucional todavía prevalecen. No resulta extraño saber que hasta hace poco todavía existía el “Día del Presidente”, que no era otra cosa que el día del “besamanos” de un gran número de actores políticos quienes, en su mayoría, le debían al mismísimo Presidente de la República el cargo que ostentaban.

A partir de las reformas político-electorales de la década de los años 90, poco a poco el régimen político se transformó. El Presidente dejó de ser ese hombre omnipotente y hasta dejó de ser del mismo partido, aunque algunas viejas costumbres se resisten a desaparecer. Pero, más allá de la retadora actitud de la ministra presidenta, de no aplaudir de pie, hubo algo más que le resultó intolerable al titular del Poder Ejecutivo: el discurso por la Independencia del Poder Judicial.

Y es que no hay nada más doloroso para un gobernante con actitud autócrata, que los titulares de los otros poderes (Legislativo y Judicial) crean que pueden ejercer su independencia dentro del contexto del equilibrio de poder. Sin embargo, sólo con independencia el Poder Judicial podrá defender la Constitución y la democracia de los mexicanos. Sólo con independencia la SCJN podrá frenar el ominoso plan B electoral.

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