La cancha política del Mundial

La efímera y desbordada alegría de aficionados y no por el triunfo de la selección mexicana le dio la oportunidad a la presidenta Claudia Sheinbaum de reconstruir una narrativa de un México festivo por el Mundial, pero no cambia los hechos. La Presidenta decidió no ir al Estadio ni al Zócalo, no por temor a las manifestaciones de las familias buscadoras, a las que no ha querido atender personalmente o porque no logró negociar con sus exaliados de la CNTE para evitar que lograran su objetivo “no dejar que el balón rodara”, para eso hubo un fuerte operativo policiaco alrededor del Estadio Azteca; lo hizo para no exponerse a la tradicional rechifla que se repite en cada justa deportiva contra el gobierno del país sede, sea democrático o autoritario, de izquierda o neoliberal. Así les pasó a los expresidentes Miguel de la Madrid en 1986 y Gustavo Díaz Ordaz en 1970. Lo que no se esperaban la presidenta Sheinbaum y la jefa de Gobierno, Clara Brugada, es que la selección triunfara, si no, quizás, se hubieran arriesgado, porque por encima de la indignación que producen las obras inconclusas y mal planeadas o los graves problemas de corrupción política y el crecimiento de desapariciones forzadas, se impuso la pasión futbolera de los mexicanos, aunque sólo sea pasajera.

Para cualquier gobierno, un mundial de futbol es una gran oportunidad política, porque no se trata sólo de la justa deportiva. Un mundial implica política, economía y prestigio del país sede. Es decir, significa un escaparate de proyección global. Pero, un Mundial también muestra otra cara de la moneda. También exhibe las tensiones del país, la protesta social, la inseguridad pública, la desigualdad social y la capacidad del gobierno para administrar una fiesta global sin borrar los conflictos internos con métodos represivos o autoritarios.

Eso aplica para este Mundial que, de forma inédita, es la edición más grande de la historia de este deporte: 48 selecciones y 104 partidos y, además, tampoco hay precedente sobre la participación colectiva de las sedes: se realizará en 16 ciudades de tres países: México, Estados Unidos y Canadá. Lo interesante de esta organización compartida como región integrada, conectada por el flujo  comercial, migratorio, turístico y de seguridad, es que cada país llega al torneo con una tensión distinta, pero también, la resuelve de diferente forma.

México llegó con la tensión de la protesta social. La inauguración del jueves ocurrió mientras maestros, familiares de personas desparecidas y otros colectivos buscaban aprovechar la mirada internacional para visibilizar sus demandas. De esta forma, para el gobierno morenista, el Mundial se convirtió en una vitrina riesgosa en donde se exhibió el grado de control territorial, movilidad, seguridad turística y manejo de crisis. Para lograrlo, se desplegaron miles de policías, se suspendieron las clases y las actividades productivas presenciales, y se cerraron calles y avenidas, y hasta se suspendió el servicio de transporte público en zonas estratégicas de control de flujo de personas.

Por su parte, Estados Unidos llega con la problemática migratoria. El mismo país que recibirá a millones de visitantes mantiene una política de vigilancia, detención y deportación en varias de las 11 ciudades sedes. La contradicción es inquietante, por un lado, se invita al torneo, pero, por otro, se persigue migrantes. Se suma también otro factor de riesgo: el de la seguridad nacional, no es nuevo ni extraordinario, pero la coyuntura internacional obliga a una mayor prevención. 

Finalmente, Canadá llega con una presión distinta, se presenta menos radical, pero es significativa: En Vancouver y Toronto se manifestaron preocupaciones sobre derechos humanos: trato a grupos vulnerables, personas sin hogar y mecanismos de protección durante el torneo. Frente a esto, Vancouver publicó su Plan de Acción de Derechos Humanos para el Mundial, para garantizar  inclusión, seguridad y trato a poblaciones vulnerables. 

En resumen, el Mundial no sólo es la primera copa organizada por tres países; sino, una prueba de fuego frente a las tensiones internas y externas de América del Norte.