Cuando el riesgo dejó de ser teórico

Ricardo Peraza
Editorial
La tragedia de Nepal comenzó a miles de metros de altura, pero para entender lo que significa hay que detenerse en una palabra poco frecuente fuera de los modelos de riesgo: estacionariedad.
Durante más de un siglo construimos buena parte de la economía moderna suponiendo que el futuro se parecería razonablemente al pasado. Diseñamos presas utilizando registros históricos de lluvia, drenajes según tormentas anteriores, carreteras para determinados rangos de temperatura y cultivos alrededor de ciclos conocidos. Las aseguradoras calcularon primas utilizando frecuencias históricas y los bancos financiaron activos cuyo riesgo físico creían poder estimar.
El cambio climático está rompiendo esa premisa.
La semana pasada, una enorme masa de hielo y roca se desprendió en el Himalaya y desencadenó una avenida de agua, lodo y escombros que descendió hacia Nepal. Poblaciones, carreteras, puentes e infraestructura hidroeléctrica quedaron en su camino. Al escribir estas líneas, más de 900 personas han muerto y miles permanecen desaparecidas.
Determinar cuánto contribuyó el calentamiento global a un evento específico requiere estudios de atribución. La ciencia seria necesita algo más que una tragedia y una explicación conveniente. Pero el contexto es suficientemente inquietante: los glaciares pierden masa, el permafrost se degrada y los patrones de nieve se modifican en una región de cuyos sistemas hídricos dependen directa o indirectamente alrededor de dos mil millones de personas. Eso permite leer Nepal de otra manera.
Un glaciar no es solamente hielo. Es una reserva de agua. Una sequía no es simplemente ausencia de lluvia. Es agricultura, electricidad y precios. Una inundación no termina cuando baja el agua. Continúa en carreteras destruidas, créditos impagables, interrupciones productivas, gasto público y primas de seguros. El clima dejó hace tiempo de ser solamente ecología. Se convirtió en economía.
Y resulta paradójico que justo cuando esa transformación comienza a hacerse evidente, la principal potencia económica del planeta esté tomando el camino contrario.
La Casa Blanca ha devuelto los combustibles fósiles al centro de su política energética, retiró nuevamente a Estados Unidos del Acuerdo de París y ha desmontado diversas regulaciones ambientales. En febrero, la Agencia de Protección Ambiental eliminó el Endangerment Finding de 2009, la determinación jurídica que permitió durante años considerar determinados gases de efecto invernadero una amenaza para la salud y el bienestar públicos y construir sobre esa base parte importante de la regulación federal de emisiones de vehículos.
Washington presenta buena parte de este giro en términos de competitividad: menos regulación, menores costos, más energía y mayor libertad productiva. Es una discusión legítima. Las políticas climáticas también cuestan y algunas regulaciones pueden estar mal diseñadas. El problema es otro: eliminar una regulación no elimina el riesgo que pretendía administrar. Puede simplemente cambiar quién termina pagando por él.
Si una empresa deja de internalizar determinado costo ambiental, éste no desaparece. Puede regresar convertido en una prima de seguro más alta, infraestructura pública destruida, menor productividad agrícola, interrupciones en cadenas de suministro o reconstrucciones financiadas por los contribuyentes.
La contabilidad permite trasladar costos. La física, no.
Por eso empieza a surgir una contradicción entre política y mercados. Un gobierno puede decidir que una regulación climática resulta demasiado onerosa. Una aseguradora enfrenta otro problema; necesita calcular cuánto costará reconstruir después del próximo huracán. Un banco debe saber si la garantía que respalda un crédito conservará su valor. Y una empresa que invertirá cientos de millones de dólares en una planta con 30 años de vida útil necesita saber si habrá suficiente agua y electricidad para operarla en 2050.
Ninguno puede votar para modificar la temperatura.
México debería prestar particular atención.
Hemos construido buena parte de nuestra estrategia industrial de esta década alrededor de una oportunidad excepcional: convertir la relocalización de las cadenas norteamericanas en inversión, manufactura avanzada y mayor contenido nacional. Pero todavía tendemos a medir nuestra competitividad con variables conocidas: salarios, impuestos, logística, tratados comerciales y distancia con Estados Unidos.
El próximo mapa industrial incorporará otras.
Una planta que se construye hoy tendrá que seguir funcionando probablemente en 2050. Quien decida dónde instalarla preguntará no sólo cuánto cuesta el terreno o cuánto tarda un camión en llegar a Texas. Importará también la disponibilidad futura de agua, la confiabilidad de la red eléctrica, la exposición a temperaturas extremas, el costo de asegurar los activos y la resiliencia de las cadenas de suministro. Eso ya no es ambientalismo. Es due diligence. El nearshoring nos enseñó que la geografía puede convertirse en ventaja competitiva. El cambio climático está empezando a enseñarnos que también puede convertirse en riesgo competitivo.
Monterrey ya descubrió que uno de los principales centros industriales de América Latina puede enfrentar una crisis severa de agua. Acapulco comprobó con Otis que la intensidad de un fenómeno puede rebasar las referencias con las que una ciudad aprendió a prepararse. El Valle de México vive una paradoja todavía más reveladora: estrés hídrico e inundaciones pueden coexistir dentro del mismo sistema urbano.
La consecuencia económica es enorme. Durante décadas, el capital buscó salarios competitivos, mercados, infraestructura, estabilidad jurídica y energía. Ahora tendrá que incorporar otra variable: resiliencia climática. Una región con agua disponible, energía confiable e infraestructura preparada puede adquirir una ventaja que todavía subestimamos. Otra puede perder inversiones aunque sus salarios sean menores. El clima comienza, así, a intervenir silenciosamente en la asignación mundial del capital. Ésa es la verdadera advertencia de Nepal.
Durante años discutimos cuánto costaría combatir el cambio climático. Tal vez formulamos mal la pregunta. El cálculo importante empieza a ser cuánto costará administrar una economía diseñada para un clima que está dejando de existir.
Podemos discutir petróleo, gas, vehículos eléctricos, impuestos al carbono, energía nuclear y la velocidad razonable de la transición. Podemos incluso concluir que algunas políticas ambientales fueron excesivas.
Lo que no podemos derogar es la relación entre riesgo y costo. La Casa Blanca puede borrar una regulación. Los gobiernos pueden modificar prioridades y las empresas cambiar estrategias. Pero existe una jurisdicción que ningún gobierno controla.
La de la física.
Nepal acaba de recordarnos cómo ejecuta sus sentencias.