La campanada resuena; es lunes. Toca rendir homenaje a la bandera y entonar el Himno Nacional, un ritual que recuerda la emergencia de la escuela pública mexicana en una época en la que el patriotismo era la ideología dominante. Pero antes de comenzar, en lugar de charlas o juegos en el patio, decenas de estudiantes fijan la mirada en sus celulares. La escena, común ya en miles de escuelas primarias y secundarias, encendió las alarmas de educadores, familias y gobernantes. A la creciente dificultad para sostener la atención en clase se suman los riesgos del acoso digital, y por eso cada vez más gobiernos e instituciones imponen restricciones estrictas al uso del teléfono durante la jornada escolar. Es una tendencia mundial.
Prohibir esos dispositivos o restringir las redes sociales, de acuerdo con ciertas interpretaciones, limita el derecho de los niños a la información. El debate nacional sobre los celulares en las escuelas suele cargar la responsabilidad en directivos, docentes y familias, pero el asunto es más amplio y complejo. Se discute poco —aunque conviene tomarlo en cuenta— el papel de las plataformas y del sector privado que se beneficia, y en grande, del hábito digital de niños y adolescentes.
Los debates en la prensa y en las redes llegaron hasta las puertas de Palacio Nacional. La presidenta Claudia Sheinbaum tomó cartas en el asunto y convocó a consultas para regular —evitó la palabra prohibir— las plataformas y atender la salud mental de infantes y adolescentes. Varios estados ya se adelantaron: algunos bloquean por completo el uso de celulares en las escuelas; otros buscan soluciones que no perjudiquen a las familias.
El celular no sólo distrae y enajena al alumnado: también ofrece ventajas a las familias. Muchos padres prefieren que sus hijos lo lleven para ubicarlos en caso de emergencia o coordinar traslados. Leí el suceso de una adolescente que, gracias al teléfono, pidió ayuda y evitó que un gandalla la violara. En Culiacán, las familias comparten por esa vía datos sobre bloqueos criminales, vialidades seguras y formas de pedir auxilio. También es una herramienta de solidaridad.
El asunto de fondo es qué hacer con los celulares y la tecnología digital dentro de las escuelas.
Un informe gubernamental indica que el estado de Victoria, en Australia, desde 2020, exige a sus alumnos mantener apagados los celulares en los salones, con resultados notables en el aprendizaje, y en las relaciones entre alumnos y los docentes. En 2025, Australia prohibió a las empresas abrir cuentas en TikTok, Instagram, X y Facebook a menores de 16 años; quien lo haga enfrentará multas estratosféricas.
El desafío para México es enorme. Se trata de regular, porque está prohibido prohibir, pero en algunos casos el gobierno —el Estado, en general— no podrá evitarlo si quiere proteger a niños y adolescentes sin coartar sus derechos. Sí puede, en cambio, impedir a las compañías desarrolladoras que faciliten cuentas a menores o que desplieguen programas diseñados para generar adicción. Australia y otros países lo hicieron, a pesar de ser defensores del neoliberalismo y del libre mercado.
No es un dilema de solución fácil. Un colega experto en medios digitales e inteligencia artificial me dijo que regular los celulares en la escuela no debe significar dar la espalda a la tecnología, sino devolverle al aula su propósito esencial: ser espacio de aprendizaje, de interacción comunitaria y de desarrollo integral. El reto a futuro no está sólo en prohibir, sino en enseñar a incorporar de forma crítica y saludable las herramientas digitales. Piensa que lo más importante es originar que en las aulas se generen actividades que mejoren las relaciones sociales y la convivencia. En otras palabras, dar la misma relevancia a la educación emocional que a la instrucción en temas académicos estrictos.
La tecnología digital es más que celulares. ¿Es posible un entorno escolar sin pantallas? ¿Podrán la Nueva Escuela Mexicana y el humanismo mexicano rescatar el ambiente edificante de las ceremonias y los ritos escolares sin que los alumnos se vuelquen a sus celulares? El problema no sólo es del aula ni es nada más de las familias.
