¿Por qué los conservadores, el PAN, prefieren Europa que México?

Ricardo Peralta Saucedo

Ricardo Peralta Saucedo

México correcto, no corrupto

Hay conductas políticas que sobreviven a los siglos. Una de ellas es la inclinación del conservadurismo mexicano a buscar en el extranjero la fuerza y legitimidad que no consigue obtener de los mexicanos. No es retórica. Es historia. En el siglo XIX, después de la Guerra de Reforma, conservadores como José María Gutiérrez de Estrada, José Manuel Hidalgo y Esnaurrízar y Juan Nepomuceno Almonte participaron en gestiones europeas para establecer una monarquía en México. Aquella empresa culminó con Maximiliano de Habsburgo y un imperio sostenido por las armas de una potencia extranjera.

Frente a ellos estuvo la República encabezada por Benito Juárez. Ya no se discutía solamente entre liberales y conservadores: estaba en juego el derecho de México a gobernarse a sí mismo. Más de siglo y medio después, las circunstancias son completamente distintas y sería absurdo equipararlas. Sin embargo, resulta inevitable advertir una conducta política que recuerda aquel pasado: representantes del conservadurismo mexicano vuelven a Europa para denunciar nuestra vida interna y buscar en instituciones extranjeras el respaldo que no han conseguido en las urnas.

La pregunta es elemental: ¿qué esperan que haga Europa con México? ¿Un regaño? ¿Una condena? ¿Que el Parlamento Europeo califique nuestra democracia o intervenga frente a decisiones adoptadas por instituciones mexicanas? México no es colonia. Bruselas no es nuestra metrópoli y ningún parlamento extranjero es tribunal de alzada de la República.

Nuestra Constitución es categórica. El artículo 39 establece que la soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. El poder público mexicano obtiene su legitimidad de los mexicanos, no de certificaciones extranjeras.

Aquí aparece una expresión particularmente delicada en nuestra historia: traición a la patria. Jurídicamente es un delito sujeto a hipótesis específicas establecidas en la ley. ¿Hasta dónde puede llegar un actor nacional en la búsqueda de presión extranjera contra su propio país sin tocar una de las fibras más sensibles de nuestra soberanía? México ya conoció las consecuencias de quienes prefirieron buscar soluciones extranjeras antes que someter sus proyectos al veredicto nacional. Si el PAN considera que existen delitos, que presente pruebas ante las autoridades. Si estima violada la Constitución, que acuda a los tribunales. Si rechaza una reforma, que la combata en el Congreso. Y si pretende volver a gobernar, existe una vía mucho más democrática: convencer a los ciudadanos. Quizá ahí radique el problema.

Parece más sencillo caminar por Bruselas que recorrer los pueblos de México. En Europa pueden hablar sobre los mexicanos; aquí tendrían que hablar con ellos y responder una pregunta que ningún eurodiputado puede resolverles: ¿por qué millones de ciudadanos dejaron de confiar en ustedes?

Las elecciones no se ganan acumulando millas aéreas. Se ganan gastando suela, construyendo organización y presentando un proyecto capaz de obtener mayoría. México debe dialogar con Europa y con el mundo, respetar los derechos humanos y cumplir los compromisos internacionales que soberanamente ha contraído. Pero dialogar entre iguales no significa reconocer tutelas. Cooperación internacional, sí; subordinación política, nunca. Los conservadores del siglo XIX recorrieron Europa buscando una corona porque desconfiaban de la República. Los de hoy recorren instituciones europeas buscando audiencia para acusaciones que deberían sostener, primero, frente a los mexicanos. Los hechos no son equivalentes, pero la memoria histórica obliga a formular una pregunta incómoda: ¿por qué una parte del conservadurismo continúa mirando hacia el extranjero cuando México no vota como ellos quisieran? Juárez defendió la República para que nuestro destino nunca más dependiera de una corte extranjera.

El PAN puede seguir buscando reflectores en Europa. Pero para regresar al poder tendrá que hacer algo más difícil: regresar a México y convencer a su pueblo.

Porque aquí no vota Bruselas. Votan los mexicanos.