Desiste

Silvano Espíndola

Silvano Espíndola

Ornitorrinco

Durante el pasado fin de semana vi uno de tantos concursos de talentos en los que los postulantes dan una muestra de su arte, tanto para el público presente como para el ausente, para posteriormente ser calificados por un jurado. Antes de siquiera comenzar, la concursante fue cuestionada sobre el número de seguidores que tenía en sus redes sociales; tras responder que en una de ellas superaba los 260 mil y en otra el millón de personas, público y jurado prorrumpieron en un estruendoso aplauso y le gritaban sus parabienes, sin siquiera haber comenzado su interpretación. La felicitaban ampliamente por el solo hecho de ser conocida y seguida, por ser famosa, aunque aún desconocieran el porqué. ¿Es la fama por sí misma algo bueno para el ser humano?

Ovidio escribió una sentencia a caballo entre confesión y advertencia: bene vixit qui bene latuit, “vivió bien quien bien se escondió”. Se le atribuye a Descartes haberla adoptado como divisa personal, lo que lo llevó a cambiar de casa, de ciudad y de país, hasta encontrar un lugar sin espectadores ante los que tuviera que sostener una imagen. Antes que ambos, Epicuro ya había formulado la misma intuición en el imperativo láthe biósas, “vive oculto”, no como fórmula misantrópica, sino como condición para poder alcanzar su ideal de tener un alma imperturbable. Séneca, por su parte, sostuvo que la fama no solo distrae, sino que transfiere la propiedad de uno mismo e insiste en que quien vive para el aplauso deja de ser dueño de su propio juicio, porque lo que el otro piensa se acaba volviendo la esencia de uno, y entonces toda tranquilidad pasa a depender de una asamblea que no siempre deliberará a favor. 

Dos episodios de estos días funcionan como ilustración clínica. El 15 de septiembre, Aleks Syntek interrumpió varias veces su concierto gratuito del Grito para reclamarle al público que no lo hubiera defendido de los escándalos de los últimos años: “ya defiéndanme... no me dejen solo”; pasó largos minutos hablando de sus logros, como queriendo disuadir al monstruo de la fama para que no lo tragara. Dijo que de repente todos lo traicionaron y que ya nadie escucha sus canciones. Cinco días después, la actriz Kate Beckinsale borró el archivo entero de su Instagram y dejó únicamente la palabra “bye” sobre un fondo negro, más una historia con un arcoíris y la frase: congratulations, you win, I give up. Su biografía quedó apuntando a un artículo sobre el suicidio de Caroline Flack y la pregunta de si la gente será “amable” en los medios y en internet. Aunque nadie lo ha confirmado, al parecer hizo esto como reacción a los comentarios recibidos sobre su cuerpo.

Son dos formas del mismo desamparo. Syntek exige al público el afecto que su ánimo necesita para sostenerse: es exactamente la dependencia que Séneca describe, la fama convertida en alma dada en alquiler. Por su parte, aunque pareciera que Beckinsale hace el movimiento contrario, el de intentar el láthe biósas a destiempo, en realidad sigue siendo una despedida que pide ser vista.

A la concursante habría que advertirle que Ovidio, Epicuro y Séneca proponían ocultarse antes de necesitar la atención, como disciplina preventiva. Después es demasiado tarde. Ahora debemos inventar una nueva lección: desine spectari velle, o sea, “desiste de querer ser mirado, de ser espectáculo” (al menos, hasta conseguir volver a crearte a ti mismo).

SÍNDROME DEL JUGUETE ROTO

Es una metáfora psicológica que describe el vacío que experimenta una persona tras haber sido famosa y desplazada. Los síntomas incluyen baja autoestima y depresión y la consecuencia es que suelen intentar mantenerse vigentes mediante escándalos o sobreexposición.

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