Trump y AMLO al ataque

Trump definió su objeto de odio: los inmigrantes

Donald Trump fue categórico: amenazó con provocar un baño de sangre en Estados Unidos si pierde la próxima elección presidencial. Y definió su objeto de odio: los inmigrantes que, dijo, “ni son humanos”. AMLO, por su parte, interviene ilegalmente en el proceso electoral y prepara decretar un Estado de excepción que anulará los resultados electorales si su partido pierde. Y define su objeto de odio: todo lo que se oponga a la continuidad de “mi proyecto político”.

Ambos, Trump y AMLO, nos están advirtiendo con mucha antelación: si pierden, habrá una ruptura del orden constitucional en ambos países. Si pierden la elección será porque hubo fraude electoral. Pero, si ganan, será porque sus pueblos son sabios y valientes.

Los paralelismos entre Trump y AMLO no dejan de asombrar. Aparte de promover deliberadamente la polarización social como instrumento de control político, también definen sus objetos de odio como los arquetipos que la sociedad debe temer. Esos arquetipos que son los monstruos clásicos de la mitología de cada una de sus sociedades: lo que perversamente buscan es destruir y malograr el tejido social. Así, estos dos políticos se quieren colocar en el imaginario colectivo como los superhéroes que llegaron para combatir ese “mal” que habita en los rincones oscuros de la sociedad. Se presentan como agentes de limpieza étnica, ética y política de la sociedad moderna, para volver a la pureza pasada de una vida imaginaria perfecta.

Toda esa construcción mitológica engaña a sectores de la sociedad y cuenta con el reforzamiento de una cierta intelectualidad que le da sustento historiográfico, filosófico y religioso. ¿Por qué hay una capa intelectual dispuesta a jugar el papel de reforzadores de proyectos políticos de poder y corrupción, pero disfrazados de movimientos éticos y étnicos puros? Señala la presencia de sujetos concretos dispuestos a asumir el papel del consejero que, desde lo oscuro, influyen en la toma de decisiones del poderoso. Ser ese consejero es una aspiración indirecta al poder y, a veces, de riqueza. Maquiavelo describió a la perfección el rol del consejero, del que le habla al oído al poderoso, al príncipe.

Trump y AMLO reciben los consejos de sus asesores. Pero ambos se colocan por encima de cualquier personaje o recomendación porque se consideran sujetos superiores y más dotados que cualquier pretenso asesor. Su fuerza, si así se le puede estimar, se deriva de una investidura mágica que les permite entender y expresar los arquetipos que más aterrorizan a los seres cotidianos de una sociedad. Ambos promueven con gran agilidad y facilidad los temores más profundos de la sociedad. Es por esa razón que, en realidad, desprecian precisamente a las personas que más les expresan su adoración. Reciben esa genuflexión como un tributo a su genialidad personal.

A quienes estos líderes más usan, y también más desprecian es precisamente a esos intelectuales que se esfuerzan por explicar y exaltar sus supuestas virtudes. Los desprecian aún más porque entienden la subordinación abnegada del pueblo, ¿pero cómo explicar la de los supuestos inteligentes?

Trump y AMLO cuentan con apoyos intelectuales, financieros y armados que los acompañan en su camino para arribar hasta las últimas puertas del orden constitucional, con la intención de derribarlas. Ambos han actuado activamente en contra del orden constitucional de sus países. Ambos son un peligro para las naciones porque caminan con paso firme hacia su destrucción. Y ambos son declarados admiradores de Vladimir Putin, ese gobernante que acaba de ganar su quinta reelección.

  • Es imposible saber si existe una comunicación directa entre Trump y AMLO para coordinar sus acciones y futuros pasos. Pero lo cierto es que ambos han sonado, al mismo tiempo, la corneta ordenando el ataque de sus huestes en contra del orden constitucional.

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