La sucesión
Es un Presidente que habla regularmente sobre su condición física, como si presintiera que algo en su cuerpo no está funcionando.
La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos define, en su artículo 84, el mecanismo de sucesión en caso de falta definitiva del presidente de la República. A la letra, dice: “En caso de falta absoluta del presidente de la República, en tanto el Congreso nombra al presidente interino o sustituto, lo que deberá ocurrir en un término no mayor a sesenta días, el secretario de Gobernación asumirá provisionalmente la titularidad del Poder Ejecutivo". Más adelante el texto constitucional aclara el procedimiento si la falta definitiva ocurriera en los dos primeros años del mandato o en el caso de que ocurriera durante los últimos cuatro años del sexenio.
Viene a cuento este procedimiento de sustitución del Presidente de la República porque López Obrador abrió la discusión sustitutiva a partir de su abrupto ingreso al hospital militar, con un procedimiento que implicó ser anestesiado y, posteriormente, su declaración de poseer un testamento político que significa que él cree poseer la facultad, ¿legal?, de nombrar a su sucesor.
El “incidente” expresa nítidamente el pensamiento de López Obrador sobre su estado de salud y lo que cree que puede ser su intervención y control personal sobre la “posteridad”. Sobre el primer asunto, el de su salud, obviamente considera que es precaria y que su vida corre peligro. Es un Presidente que habla regularmente sobre su condición física, como si presintiera que algo en su cuerpo no está funcionando correctamente.
Al hablar de su testamento, López Obrador se proyecta al futuro, a un gobierno mexicano sin él. Y, evidentemente, cree que podrá controlar cuanto ocurra, especialmente en lo referente a su sucesor. Ésa es la fantasía recurrente de todos los presidentes mexicanos: creen que pueden definir el futuro y su legado. La gran mayoría, por no decir todos, han fracasado en su pretensión de controlar esa entelequia abstracta llamada “el futuro”.
También expresa lo que opina de la legalidad y de su propia relación con el Estado de derecho. Piensa, obviamente, que por ser Presidente se le exime de seguir las reglas legales y normas constitucionales del país. Esa exención lo faculta, cree, para definir a su sucesor, incluso desdeultratumba. Sufre, evidentemente, de un síndrome bonapartista.
Coincido con quienes, viendo lo mismo que veo yo en este nuevo episodio de la Presidencia de López Obrador, han recordado que México es una República constitucional y no una monarquía hereditaria donde los puestos se heredan.
