La oposición mexicana vive tiempos aciagos, por no decir en un estado de indefinición. Su situación se describe por las contradictorias y a veces encontradas interpretaciones sobre el rumbo del país. No existe una idea común entre las dirigencias partidistas opositoras sobre el carácter de la crisis de Estado que enfrenta México. Cada una interpreta la realidad mexicana, y el rumbo que toma el país, a partir de su prisma ideológico y de sus intereses particulares. Las visiones conceptuales se han desdibujado, y sus bases militantes tienden a conformarse con lo que señalan las direcciones partidistas, a pesar de que a veces suene a acomodaticio con el régimen morenista. En cambio, sus bases sociales no-partidistas, pero que simpatizan con un logotipo o su historia, observan con más claridad la nebulosa situación crítica que se cierne sobre la nación. Algo que no parecen ver los partidos.
Según encuestas, la mayoría de los mexicanos opinan que la seguridad pública sigue siendo una amenaza real en sus vidas cotidianas. También observa cómo el poder morenista oculta y defiende a “sus” políticos aliados al crimen organizado, especialmente al narcotráfico. Resulta incomprensible que las dirigencias partidistas y sus legisladores fallen por no orientar sus luchas en contra del objetivo común.
Las encuestas también ilustran cómo una mayoría de mexicanos ven en la corrupción de la nueva clase gobernante un cáncer que tiende a crecer cada vez más, y con más visibilidad. El sello de la casa morenista es la corrupción. La percepción de la mayoría de los mexicanos ante este problema es que la oposición, en conjunto o por separado, no combate frontalmente este problema, tan arraigado en el sistema de gobierno, en las fiscalías, policías, las Fuerzas Armadas y funcionarios en todos los niveles.
La crisis del sistema de salud y de educación agobia y estremece a toda la sociedad. Entre los enfermos sin atención apropiada y los educandos sin formación profesional adecuada, la sociedad ve escapar la posibilidad de un futuro para México y para sus familias. Todos estos focos rojos llevan un mensaje inequívoco para la oposición mexicana: únanse o húndanse. Los partidos políticos son, legalmente, considerados entidades de interés público. Tener un registro legal no es una licencia para mandar a volar a todos los que no concuerdan con sus posturas políticas. Ese sectarismo es una condena para México.
La oposición tiene la obligación legal de reconstruir un país que está parado al borde de un abismo. Aparte de divulgar un programa de reconstrucción nacional, también debe entender el carácter estratégico, no únicamente táctico, de su unidad. Ni PAN, PRI o MC ofrecen, por sí sólos, una salida a la crisis que enfrenta el país. Sus propuestas tienen atisbos de utilidad y factibilidad para resolver algunos de los problemas del país. Pero estando cada quien en su esquina solamente terminan expresando opiniones parcializadas. En las elecciones del 2018 hubo unión entre PAN, PRD y MC. En el 2021 la hubo entre PAN, PRI y PRD. En 2024 entre PAN, PRI y PRD. Pero, la verdad sea dicha, en todas esas elecciones la lógica de la unidad opositora era táctica, no estratégica. Es decir, los partidos buscaban acrecentar sus votos y curules, pero no crear un nuevo bloque gobernante capaz de reorientar el rumbo del país. ¿Y en 2027, cuando la crisis nacional está llegando a un punto de no-retorno, cuando para 2030 podría ni siquiera existir la oposición, ¿qué se propone? Niegan la necesidad de la unidad, porque prevalece el espíritu de patriotismo partidista por encima del compromiso de salvar al país.
Para cambiar el rumbo y reconstituir al Estado en sus tres pilares fundamentales (los Poderes Judicial, Ejecutivo y Legislativo), y recreando los instrumentos para la vigilancia ciudadana efectiva sobre el quehacer del gobierno y la rendición de cuentas, será necesario contar con un diagnóstico común para consolidar el nuevo poder conformado por los partidos de oposición. Sólo así se quebrará el control férreo que hoy ejerce Morena sobre los órganos del Estado mexicano y rescatar la República democrática.Para la oposición es hora de decidir entre promover su unidad estratégica para ganar y crear un nuevo bloque gobernante o replegarse a la defensa del pedazo de poder de cada partido, sujeto a los tiempos de la espada misericordiosa del populismo vengativo.
