Aliados en la violencia
La violencia que tiene en sus raíces las creencias religiosas opuestas es ciega y no escucha razones. Pierde el raciocinio y gana la estirpe humana de odio puro y sin adulteraciones
La violencia se apodera de la vida de millones de ciudadanos en gran parte del mundo. India parece revivir los conflictos de odio entre sus dos religiones predominantes, que entraron en disputa en el momento de la independencia del subcontinente del colonialismo británico. Hindúes y musulmanes se enfrentaron con tal violencia y odio que la única solución fue dividir el subcontinente en dos países: India y Paquistán. Hoy ha renacido ese odio entre ambas religiones, propiciado en gran medida por las autoridades de India, de extracción hindú.
La violencia entre hindúes y musulmanes es equiparable a la violencia entre judíos y musulmanes. La violencia que tiene en sus raíces las creencias religiosas opuestas es ciega y no escucha razones. Pierde el raciocinio y gana la estirpe humana de odio puro y sin adulteraciones. Incluso en la guerra entre Ucrania y Rusia hay un elemento de confrontación religiosa. Entre la Iglesia Ortodoxa rusa y la Iglesia Ortodoxa ucraniana ya existe, también, un estado de guerra. El gobierno de Ucrania ha estado limitando las actividades o, de plano, expulsando a los religiosos y dirigentes de la Iglesia rusa de ese país por la desconfianza de que sean, en realidad, una quinta columna de Putin.
África vive el descuartizamiento de las tribus entre sí. Millones han pasado por la horca, y miles de niños convertidos en sicarios y los llamados “niños-soldados” que aprenden a disfrutar del poder que les da la matazón.
El exterminio del otro parece ser el objetivo primario de cualquier acto de violencia. En todos los casos, la violencia es propiciada inicialmente por los dirigentes políticos. Especialmente cuando descubren que llenar de odio a sus seguidores es el camino al poder. En términos de clasificación política, esos dirigentes suelen ser clasificados como “populistas”, al querer alcanzar y mantener el poder montados en una ola de rencor irracional. Su programa económico es esencialmente irrelevante: puede ser socialista, estatizador o de mercado. No importa. Lo importante para el populista es mantener a los seguidores fanatizados y ciegos a cualquier reflexión pausada. Lo importante es consolidar a la masa irracional que sigue al líder.
El líder, pieza clave en la legitimación de la pretensión del exterminio, es quien define cuál es el “objeto de odio” que unifica a la masa, explotando sus miedos, creencias, odios y las supersticiones que “guían” a un pueblo a fijarse en lo que debe destruirse para vivir. Ese mismo líder comúnmente predica el amor al prójimo, precisamente para encubrir el hecho de que busca, en realidad, el exterminio de su contrario. Sus seguidores escuchan su doble discurso y lo entienden como una licencia para actuar y, dado el caso, matar en nombre de “La Causa de la Nación”.
El primer ministro de India predica la paz, mientras sus seguidores salen a las calles a matar a musulmanes. El conflicto entre judíos y musulmanes no tiene conciliación alguna. El genocidio de los hutus contra los tutsis en Ruanda ha significado la muerte de, posiblemente, un millón de personas. El genocidio está a la orden del día.
El presidente López Obrador emplea un lenguaje doble para incitar a la violencia en México. Dice que promueve el amor y la paz, aunque diariamente agrede verbalmente a personas de todo el espectro cultural, político, social y económico del país. Nadie se salva. Emplea el narcotráfico para subordinar zonas enteras del país, mientras corrompe a los mandos de las Fuerzas Armadas. Su doble lenguaje lo entienden sus seguidores, quienes agreden a funcionarios del INE, de la Suprema Corte de Justicia, de la UNAM, de los partidos de oposición, a académicos y a quienes osan cuestionar al Presidente. Usa a las bandas delincuenciales para atacar e intimidar a comunicadores y periodistas en todo el país. También las usa para intimidar a votantes en los procesos electorales.
Todos son aliados en el uso de la violencia para eliminar opositores y controlar el poder.
AMLO usa la violencia verbal como un lenguaje de señales dobles para que sus seguidores ejerzan violencia física contra “sus opositores”. Aparte de envenenar al ambiente nacional con un malestar nunca antes sentido, está creando las condiciones para el exterminio de toda opinión contraria a la suya. Por esto afirmó que le gustaría vivir en Cuba. ¡Obvio! Disentir de la opinión oficial en Cuba significa terminar en la cárcel.
Quizás la intención de AMLO no sea practicar el genocidio propiamente en México, pero lograr el exterminio de sus oponentes es, sin duda, su objetivo político del mayor interés.
