Populismos y liberalismo
Desde Cárdenas, el Estado interventor logró subordinar a las masas.

Ricardo Pascoe Pierce
En el filo
El debate mundial entre capitalismo y socialismo se acabó con el fracaso del modelo económico de los países denominados socialistas. China y Vietnam han incorporado la economía de mercado a su sistema político de “centralismo democrático”. Como consecuencia, y en el plazo de unos 20 años, los referentes ideológicos y programáticos de “izquierdas” y “derechas” rápidamente perdieron sentido, puesto que todos se administran, lo confiesen o no, dentro de la economía de mercado. Esas etiquetas apenas permiten esbozar algún programa de una entidad activa en la política.
Es común escuchar que las grandes diferencias ideológicas hoy en día, supuestamente, se expresan entre proteccionistas y globalizadores. O entre “cerrados” y “aperturos”. Lo cierto es que esas frases describen algunos fenómenos del debate político mundial, pero no redondean, conceptualmente, lo que estamos viviendo. Más bien, parecería que los conceptos más adecuados para describir el debate mundial se inscribe en la yuxtaposición entre populismos y liberalismo.
Populismo, como categoría, está bajo ataque político por parte de sus detractores. Ese hecho oscurece los términos del debate. El populismo es un modelo económico que se expresa con diversos matices significativos, dependiendo de la región de su origen. En países con grandes masas de pobres, es un modelo de gobernanza centralista que deviene inevitablemente en autoritario porque estipula la necesidad de que el Estado expropie una parte importante de la riqueza social como instrumento redistributivo, a través de programas asistenciales. No resuelve la pobreza ni la marginación, pero crea lazos de dependencias políticas y existenciales de sus pobres hacia el oficialismo. Fomenta la propiedad social, y rechaza la privada, mientras promueve el proteccionismo y cuestiona la globalización de las relaciones económicas. Por ejemplo, Hugo Chávez o Daniel Ortega.
En países desarrollados, el populismo rechaza el intervencionismo del Estado en la economía, repudia los altos impuestos, convierte a la pequeña propiedad privada en su altar de devoción y promueve la descentralización de la política y la toma de decisiones. El nacionalismo económico es la divisa que entiende, como lo expresa Trump o Brexit.
Sin embargo, ambos populismos promueven sentimientos en común: rechazan a las élites económicas y políticas y abrazan los liderazgos mesiánicos, dispuestos a sacrificar las instituciones democráticas en aras de liderazgos fuertes. También rechazan todo lo diferente, por razones de raza, religión y clase.
El liberalismo, en cambio, existe en las sociedades con economía de mercado y requiere, para subsistir, un pensamiento que combine la libertad individual y económica con la actividad reguladora limitada del Estado sobre la economía. Exige una institucionalidad democrática sólida, con prensa libre y poderes estatales acotados, respetando el Estado de derecho. En general, el liberalismo acoge la idea de fuerzas de mercado mundiales y no comparte el nacionalismo proteccionista económico ni político de los populismos.
Entre populismos y liberalismo están las líneas de combate por la civilización moderna, a escala mundial: asiáticos, occidentales, africanos, árabes. Todos estamos en el debate.
En México, la sociedad política se movió siempre entre populismo y liberalismo. Desde Cárdenas, el Estado interventor logró subordinar a las masas. Con Salinas, el asistencialismo se convirtió en estrategia de control estatal y la privatización económica en modelo de crecimiento. Pero no ha promovido mesianismos ni antielitismos. Para 2018 la ruta del país probablemente será una combinación de populismo diluido con liberalismo contenido, gane quien gane.