La triste historia de nuestra democracia
El “colonialismo interno” sigue funcionando en las íntimas entrañas del pensamiento.

Ricardo Pascoe Pierce
En el filo
Pablo González Casanova fue homenajeado recientemente en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, y ampliamente recordado por su libro clásico La Democracia en México. Muchos de los temas que plantea ese libro siguen teniendo vigencia hoy. A pesar de experiencias democratizadoras recientes, conceptos como el colonialismo interno, que acuñó en el libro, son relevantes para entender nuestra realidad contemporánea. En consonancia con las líneas reflexivas y analíticas de González Casanova, se ha desarrollado un instrumento para medir las percepciones latinoamericanas acerca de la democracia, su legitimidad, utilidad y credibilidad como instrumento de gobierno. Es el Latinobarómetro.
Comparando la encuesta 2015 de Latinobarómetro con sus similares de los veinte años anteriores, se arrojan datos reveladores sobre la percepción que tenemos los mexicanos acerca de la democracia y su utilidad para la solución de los grandes problemas nacionales. Por ejemplo, en 2015, mientras 70% de los uruguayos se dicen satisfechos con el funcionamiento de la democracia en su país, solamente 19% de los mexicanos dicen estar satisfechos con la democracia. El grado promedio de satisfacción en 18 países de América Latina es de 37%. Nuestro país se encuentra en el último lugar de satisfacción de todo el continente, sólo después de Brasil (21%), país convulso con intensas protestas internas contra su Presidenta.
En el comparativo de 20 años, sólo subió el porcentaje de los mexicanos satisfechos con el ejercicio democrático por encima del promedio latinoamericano en tres momentos de nuestra historia: 1997, 2000 y 2006. Ocurrió en tres años con procesos electorales que representaron un cambio significativo en el ejercicio del poder. En los 17 años restantes México ha sido, y sigue siendo, un país decepcionado con su democracia.
En 1997, Cuauhtémoc Cárdenas le mostró al país que era posible derrotar al PRI, aunque fuera a nivel de la Ciudad de México. En 2000, Vicente Fox desalojó al PRI de la Presidencia de la República. Y en 2006 Felipe Calderón y Andrés Manuel López Obrador hicieron gala de una contienda presidencial que colocó al PRI en el tercer lugar. Una conclusión obvia puede ser que el optimismo nacional crece cuando se contiene al PRI. En contraste, en 2012, con el retorno del PRI a la Presidencia de la República, el evento fue recibido con el habitual pesimismo nacional, a pesar de haber entregado el voto mayoritariamente a ese partido. En 2015 el pesimismo coloca a México en el último lugar de toda América Latina, justo cuando el PRI refrendó su mayoría en la Cámara de Diputados.
Parece ser que el “colonialismo interno” sigue funcionando en las íntimas entrañas del pensamiento y el actuar de la sociedad mexicana. El aparato de control político tradicional, entendido como colonialismo interno, siendo reconocidamente el PRI, sigue avanzando con gran eficacia, a pesar de que, contradictoriamente, sus victorias electorales le confirman a la sociedad, incluyendo los mismos que votaron por ese partido, que la democracia no funciona. Revela una preocupante disfuncionalidad en la personalidad política mexicana: se vota por lo que va a provocar, posteriormente, un acto de desprecio y odio a sí mismo. Porque el pesimismo que gesta cada victoria electoral del PRI debe entenderse, en su sentido más profundo, como un acto de autoagresión que la sociedad atestigua y ejecuta en contra sus propios intereses. Y México vive una trampa mortal y descorazonadora: la oposición tampoco ha sido capaz de entender, y desmontar, los mecanismos del colonialismo interno.
@rpascoep
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