Uno de los argumentos más poderosos que puede explicar la inesperada victoria del presidente Lula y que se usó extensamente después de la primera vuelta tanto por petistas como por centristas fue el siguiente: “No le des todo a Bolsonaro. Ya tiene el Congreso, tiene la mayoría en los principales estados, si le das la Presidencia podrá hacer cambios radicales: tomar la Suprema Corte, alterar la Constitución, recortar políticas públicas sin negociar, militarizar la seguridad pública, erosionar la educación pública, privatizar esto y aquello. Mejor un presidente que logre construir contrapesos para que los cambios tengan que negociarse”. Sólo les faltó decir: no le des todo a una sola fuerza como en México: no les ha ido nada bien.
Un segundo argumento fue el de personalidades muy conocidas antipetistas y antilulistas planteando que siempre habían votado contra Lula, pero que en esta ocasión votarían por Lula y al día siguiente se pasarían a la oposición democrática. Argumentaron su decisión afirmando que con Lula la democracia no estaría en peligro, a diferencia de Flávio Bolsonaro, que no sólo no es un convencido de la democracia, sino que se precia de ser un populista radical de ultraderecha.
La alianza sin matices con Trump propuesta por Flávio, el cabildeo de Eduardo Bolsonaro contra las empresas brasileñas en Estados Unidos para intentar obligar al gobierno al liberar a Jair Bolsonaro, las declaraciones del junior afirmando que seguiría las políticas de seguridad a la Bukele, asustaron a los demócratas de derecha y tocaron una fibra nacionalista, diferente de la mexicana, pero muy presente también en Brasil.
La victoria de Flávio Bolsonaro en la primera vuelta administró una intensísima terapia de choque que despertó a la sólida base territorial del PT. El sector más importante fue el de jóvenes. Fueron ellos y ellas los que salieron masivamente a las calles para apoyar a Lula. ¿Qué los movilizó? Milei. El abrazo con Milei y la imitación de la motosierra de Milei transformándola en unas tijeras gigantescas: el tijeretazo. Los jóvenes lo interpretaron como una amenaza para la educación y para el medio ambiente. Con el gobierno de Lula, por primera vez durante cuatro años seguidos, ha disminuido la pérdida de territorio para la selva. En contraste, Bolsonaro había prometido relajar la regulación ambiental y dar más facilidades a su base de megaganaderos y agrotitanes, ampliando la frontera agrícola. Una base, por cierto, a la que llaman de Boi, Bala e Biblia. (Bueyes, balas y Biblia), en referencia a los poderosos ganaderos, a los que proponen la libertad para armarse y a la creciente base evangélica.
Esa rebelión instantánea y masiva de las y los jóvenes cambió la comunicación de la campaña electoral de Lula, que había sido no sólo poco eficiente, sino ajena a los cambios profundos en materia tecnológica y de redes sociales. Adiós a los videos de las últimas siete campañas con los jingles de los gigantes de la canción brasileña, pero ahora también cerca de los 80 años. Lo que siguió fue la más intensa saturación de redes con una segmentación inteligente e intervenciones puntuales con el talento de grandes diseñadores gráficos y el uso inteligente del framing: nada de cifras, números y datos, sino el enmarcamiento de la campaña como la batalla épica entre el héroe de los más desprotegidos contra el junior privilegiado. O la recordación del origen paupérrimo de Lula y la odisea que lo hizo llegar a la presidencia. Aunque esta historia se ha usado en todas las campañas petistas, ahora se reinterpretó con las nuevas herramientas de las neurociencias: dirigidas al corazón y la emoción de los electores. Lula mismo cambió: por fin decidió usar celular y grabar videos personales.
Contribuyó al triunfo la campaña a favor de la semana de 40 horas, iniciativa enviada por el presidente en abril de este año. Se aprobó en el Congreso días después de la primera vuelta y tenía una aprobación de 75% en el opinión pública, lo que obligó al bloque bolsonarista a votar a favor, a pesar de haberse manifestado en contra durante toda la campaña y proponer, en cambio, el pago por hora.
El choque de realidad que cambió la campaña y en especial la comunicación fue también la confrontación de Lula con un espejo que le devolvía una imagen en la que no se reconocía. Durante casi los cuatro años de lo que llaman Lula 3, su gobierno ha tenido más negativos que positivos y, aunque se tomaron muchas iniciativas para granjearse nuevamente a su base, el rechazo no cedía. En su discurso de la victoria, Lula aceptó que había cometido errores y que debía cambiar la forma de gobernar. Por razones de sobrevivencia política y, sobre todo, por el bien de Brasil, esa promesa debe cumplirse. Y ¡qué viva la democracia!
NB.- Como era de esperarse, el candidato derrotado pedirá la anulación de las elecciones. Creo que es buena noticia si la comparamos con el intento de golpe de Estado de su padre cuando perdió las elecciones y la declaración de Eduardo Bolsonaro de que llamarían a los marines para intervenir.
