Desarrollo urbano: la nueva agenda capitalina
Para que se dé el cambio cualitativo que la ciudad exige, el nuevo orden tendrá que construirse entre todos, abierto a la ciudadanía.

Ricardo Pascoe Pierce
En el filo
El hecho de que el grupo parlamentario del PRD haya anunciado que su agenda para los próximos tres años se centrará en el tema del desarrollo urbano es un logro político extraordinario del amplio movimiento ciudadano que existe en la Ciudad de México. Este reconocimiento de la existencia de la problemática urbana, que ha sido la agenda ciudadana desde sus inicios como movimiento, es algo que se venía demandando a los partidos políticos desde hace años. Y, hay que decirlo, ninguno de ellos retomó el tema. Les parecía lejano al interés ciudadano, aburrido, demasiado técnico y sumamente polémico, a diferencia de temas como el salario mínimo o cuestiones vinculadas a la salud o sexualidad y diversidades. No parecía ser redituable, ni política —ni electoral— ni económicamente.
La irritación ciudadana con los megaproyectos urbanos aprobados por los gobiernos perredistas, desde los tiempos de López Obrador a la fecha, aunado a la total falta de planeación urbana seria y responsable por parte de la autoridad, fueron factores que abonaron a la debacle electoral del PRD en este 2015. Estos dos factores, sumados, han contribuido significativamente al deterioro de la calidad de vida de los habitantes de la ciudad. En el fondo, el modelo urbano impuesto a la ciudad por el PRD hasta la fecha ha tenido, como sello característico, el autoritarismo. Es por ello que, ante proyectos urbanos de gran impacto como el Corredor Chapultepec o el desnivel de kilómetro y medio en Río Mixcoac e Insurgentes, lo que destaca es la desconfianza ciudadano y, acto seguido, un rechazo contundente a ambos proyectos. ¿Tiene la razón los ciudadanos? Rescatar la avenida Chapultepec o agilizar tráfico en el crucero de Insurgentes y Río Mixcoac no debieran verse como algo inherentemente malo o perverso. Al contrario. Pero el gobierno perdió el debate antes de que se iniciara por el simple hecho del método: en vez de hablar, imponía. Y ese método ya lo rechaza la ciudad.
En ese contexto, qué bueno que el PRD, sin ser ya el partido hegemónico en la ciudad, finalmente reconoce la necesidad de un cambio de política en materia de desarrollo urbano. Se tardaron, pero mejor tarde que nunca. Ojalá los otros partidos, que han ignorado el tema históricamente, como Morena, PAN o PRI, lleguen a la misma conclusión.
Del desarrollo urbano desordenado algunos han hecho fortunas, tanto privados como públicos. Ordenarlo implicará que todos tengan que acatar las nuevas leyes y reglamentos en la materia, y que los funcionarios públicos tengan la responsabilidad de obligar a que se respeten. Dos retos mayúsculos, habida cuenta la historia de complicidades corruptas entre públicos y privados. Implica, también, un cambio de paradigma cultural: ser honesto y respetar la ley es, hoy por hoy, ser revolucionario. La honestidad es equiparable a cuestionar el orden establecido.
Para que se dé el cambio cualitativo que la ciudad exige, el nuevo orden tendrá que construirse entre todos, abierto a la ciudadanía, y no en salones cerrados. Ese es el primer reto. Y luego vendrán otros retos, aún mayores. Tendrá que discutirse el marco general de desarrollo urbano de la ciudad, arribando a acuerdos sobre la ciudad que queremos, para luego diseñar los instrumentos técnico-legales que se deriven de consensos para una correcta aplicación de las leyes acordadas. Para tener una ciudad civilizada y habitantes pacíficos, hay que tener, y respetar, las reglas establecidas y acordadas entre la mayoría, de ahí que sean vinculantes.
@rpascoep
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