No es un secreto que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, utilice el chantaje junto con la presión a la hora de querer sacar ventaja en una negociación o en un aspecto relacionado a la política exterior de su país.
Su estilo de gobernar es marcado. Le ha funcionado casi en todas las disputas o negociaciones cuando se enfrenta ya sea a un país aliado, un bloque o a un país no cercano.
Al ser el hombre más poderoso del mundo y con la soberbia a tope, Trump sabe que, aunque existen formas diplomáticas o protocolarias, él puede exigir y manipular a cualquier nación de la manera que le plazca.
Los riesgos existen. La política exterior estadunidense se ha transformado de una manera bastante radical. Es como si gobernar fuera lo mismo que administrar una empresa o un emporio. Los aliados existen, pero también hay que ponerlos aprueba. Se necesita que cumplan caprichos, locuras o lo que se requiere para estar bien en materia de relaciones estratégicas.
¿Por qué comento todo esto? Sinceramente, me llamó mucho la atención que en días recientes el mandatario estadunidense haya decidido declarar que estaría revisando la posición de su país sobre las Islas Malvinas (en inglés, Falkland Islands). En pocas palabras, la soberanía del archipiélago remoto del Atlántico Sur.
Durante abril, el Departamento de Estado ya había declarado que se estaba considerando cambiar la posición actual de Estados Unidos sobre las islas en disputa diplomática. Pasaría de reconocerse a la administración de Reino Unido con un control de facto, a una posición donde se tuviera un estatus de neutralidad.
Y, aunque cause sorpresa, son exactamente los tiempos tan extraños que se viven en materia de política exterior dentro de Washington. No es tanto que Trump lo haga porque tiene una buena relación con el presidente de Argentina, Javier Milei, o le importe la soberanía de la nación sudamericana. El supuesto cambio tiene que ver con una presión hacia Reino Unido por tres principales factores: 1- Trump busca que Reino Unido aumente su gasto en defensa y llegue a la meta de 5% de su PIB para 2030, tal como se acordó en la OTAN. Por el momento, aspiraría a 3 por ciento. 2- Reino Unido no quiso cooperar enteramente o entrar a la guerra de Trump con Irán. 3- Un Reino Unido que está políticamente debilitado ante la salida del primer ministro Keir Starmer, y la llegada de Andy Burnham.
La modificación del posicionamiento es importante en la parte diplomática, pues al final, Estados Unidos es el país más poderoso del mundo y un gran aliado para Reino Unido. Sin embargo y si vemos la realidad, la postura de Trump no cambiaría mucho lo que sucede actualmente en las islas al hablar sobre su integridad, identidad y soberanía. Las Islas Falkland seguirán siendo un territorio británico de ultramar administradas por el Reino Unido. La guerra de 1982 y el referendo de 2013 dejaron muy en claro cuál es su futuro.
Argentina debe tomar a Trump con cautela. Cualquier decisión puede cambiar de un día para otro.
Javier Milei tratará de sacarle mucho jugo político a los recientes comentarios por parte de Trump. Es algo que también necesitaba el mandatario. Sea como sea, las Malvinas no serán argentinas. La ilusión que se lleva desde 1833 seguirá siendo una cuestión patriótica que se quedará en el orgullo argentino por muchos años.
Trump, a mi parecer, comete un error al reabrir un tema tan delicado. No obstante, es parte de la nueva política exterior estadunidense. Se viven nuevos tiempos.
