La fascinante historia del agua en el Valle de México (X)

Ramón Aguirre

Ramón Aguirre

Registro Tláloc

En una ciudad acostumbrada a hablar de inundaciones cuando el agua ya está en las calles, pocas veces se presta atención a las obras que, precisamente, buscan impedir que eso ocurra. 

La Zona Metropolitana de la Ciudad de México enfrenta una problemática hídrica excepcionalmente compleja. Su ubicación, crecimiento urbano y condiciones de drenaje han obligado a construir, durante décadas, una infraestructura hidráulica igualmente excepcional. Una de sus piezas menos conocidas es el sistema de presas del poniente.

Concebido a partir de 1929, está integrado actualmente por 34 presas destinadas a controlar los escurrimientos provenientes de la Sierra de las Cruces. La mayor, la presa Mixocac, tiene una capacidad aproximada de 911 mil metros cúbicos; aunque el promedio del sistema de presas ronda los 170 mil.

FRENAR EL AGUA ANTES DE QUE LLEGUE

Pero hay algo que puede resultar extraño: estas presas cumplen su mejor función cuando están vacías, ya que su propósito no es almacenar agua, sino ganar tiempo. Funcionan como estructuras “rompepicos”: durante las tormentas retienen temporalmente los escurrimientos que bajan de las montañas y evitan que lleguen de golpe a las zonas bajas de la ciudad.

Así, se impide que esos caudales coincidan en el momento más crítico, con el agua que cae directamente sobre la zona urbana y se sature el drenaje. Después de la tormenta, cuando la red recupera su capacidad, las presas se vacían de manera controlada para quedar listas para la siguiente lluvia.

El sistema surgió de una necesidad que comenzó a hacerse evidente hace casi un siglo. Durante la década de 1920, la urbanización del poniente se intensificó y los ríos Magdalena, Mixcoac, Tacubaya y Hondo generaban fuertes escurrimientos hacia las partes bajas de la capital, ya que, además, los hundimientos diferenciales del suelo habían reducido la eficiencia del Gran Canal del Desagüe, haciendo evidente que las obras de drenaje existentes eran insuficientes para desalojar las aguas que llegaban a las partes bajas de la cuenca del Valle de México.

Entre 1929 y 1944 se construyeron, por etapas, 29 presas interconectadas mediante túneles que conducían el agua hacia el Vaso de Cristo, desde donde podía desalojarse por el río de los Remedios. El crecimiento urbano terminó por hacer insuficiente esa solución.

Por ello, hacia 1960 comenzó una segunda etapa con la construcción de 5 presas más y el Emisor del Poniente, que entró en operación en 1962, el cual cuenta con un cajón de concreto seguido de un canal de gran sección, descargando finalmente en afluentes del Lago de Zumpango, que a su vez se conecta con el Tajo de Nochistongo y los Túneles de Tequisquiac hacia el río Tula, lo que permitió fortalecer el desalojo de los escurrimientos fuera de las zonas urbanas.

Estas obras sólo pueden cumplir su función si conservan su capacidad de regulación. Por eso su mantenimiento y desazolve antes de cada temporada de lluvias es importante para evitar que sedimentos y basura les resten capacidad y, con ello, eficiencia en su funcionamiento. De las 34 presas, 17 son operadas por la Secretaría de Gestión Integral del Agua de la Ciudad de México y 17 por el Organismo de Cuenca de la Conagua.

Existen sistemas semejantes en otras ciudades, como el conjunto de 14 presas que protege a Los Ángeles de los escurrimientos provenientes de las montañas de San Gabriel. Sin embargo, por su escala y características, el sistema del poniente de la Ciudad de México constituye una infraestructura excepcional a nivel mundial.

En materia de inundaciones, la verdadera victoria no consiste en reaccionar mejor ante el desastre, sino impedir que ocurra y estas 34 presas llevan casi un siglo librando esa batalla silenciosa.