Enhorabuena por esta nueva arma y este nuevo escudo que nos regala el eminente constitucionalista Raúl Contreras Bustamante. Lo presentó en la Facultad de Derecho de la UNAM, la catedral de la sabiduría jurídica de nuestro país. Participaron la directora Sonia Venegas, la ministra Margarita Luna Ramos, el ministro Juan Silva Meza y me honró ser incluido en ese elenco.
El derecho constitucional de México es un libro que ya se ha comentado mucho y mucho se comentará por quienes son muy calificados para hacerlo. Yo, por mi parte, les tomé unos momentos para un breve comentario que me parece necesario en estos tiempos.
Hay muchos que siguen y muchos que persiguen a nuestra Constitución Política. La siguen los sinceros y la persiguen los falsarios. La siguen los que la defienden y la persiguen los que la agreden. La siguen los que la mejoran y la persiguen los que la degradan. La siguen los que la sirven y la persiguen los que la someten. La siguen los que la veneran y la persiguen los que la repudian. La vida de las constituciones no ha sido fácil en ningún tiempo y en ningún país. El modelo constitucional moderno nace con la constitución expedida en Filadelfia. Pero ésta había de nacer indefensa y casi expósita. Sus llamados padres fundadores se aplicaron a engendrarla, pero no a cuidarla. La crearon, pero no la criaron.
Habría muchos defensores iniciales y para todos los tiempos. Pero el más importante e incuestionable se dio en el caso Marbury vs. Madison. Si no hay quien la defienda, nosotros la defenderemos, dijo la Suprema Corte, entonces presidida por un ministro honorable, valiente y visionario: John Marshall. En México, el itinerario fue muy similar con el majestuoso nombre de amparo.
Esos fueron los primeros defensores de una constitución que nació huérfana. Que, en muchos tiempos, no ha tenido un padre que la cuide ni un padrino que la defienda y ni siquiera un patriarca que la auxilie, sino que tan sólo ha tenido un padrastro que la maltrata o un papito que la compra o un padrote que la explota.
Sin embargo, muchos fueron o son importantes y muchos fuimos o somos insignificantes, pero en todo el mundo ha habido legiones de defensores de las constituciones para enfrentar a las pandillas de sus enemigos. Somos los que se han llamado los templarios de la Constitución. La hemos defendido y la hemos protegido en una guerra interminable. Los falsarios de la constitución no se rinden, pero nosotros los templarios somos incansables y somos invencibles.
En ciertos momentos, la ingenuidad nos lleva a creer que todos somos federalistas. Pero todavía hay centralistas que quisieran que los gobiernos federados se convirtieran en delegaciones federales. La ilusión nos hacer soñar que todos somos demócratas. Pero todavía hay absolutócratas que no gustan de las elecciones libres. No todos somos liberales, igualitarios y republicanos. Todavía hay quienes reniegan del constitucionalismo, del garantismo, del amparo, de la expresión de ideas, de los equilibrios de poder, del pluralismo y de la política de castas.
Los templarios de la Constitución enfrentamos a quienes piensan que ella es un estorbo para sus gobiernos. Ellos lo justifican con una fórmula engañosa, pero seductora. Ofrecen un mal presente a cambio de un buen futuro. Debemos tener mucho cuidado. Sin excepción alguna, a eso se ha reducido la promesa de todas las dictaduras.
El más importante de todos los derechos es el derecho a defender nuestros derechos. Cuando se pierde ese derecho, se han perdido todos los demás. En un mundo civilizado, no debe existir ningún ser humano tan poderoso que tenga todos los derechos. Y no debe existir un ser humano tan débil que no tenga algún derecho.
El diagnóstico infalible de una civilización tan sólo contiene dos axiomas. Dime cuántos derechos tiene el ciudadano y te diré qué puedes. Dime cuántos derechos tiene el gobernante y te diré qué esperes.
