Ser un estadista

Hoy parece que tenemos todo menos hombres de Estado en el poder

Todo gobernante se siente un estadista; un ser político que controla los hilos, tiene una visión más amplia que la de los que lo rodean y ve más lejos que los demás, aunque eso —como lo enseña la historia— difícilmente es cierto.

En 1927, José Ortega y Gasset escribió Mirabeau o el político, ensayo donde el autor retrata el arquetipo del político. Ahí menciona que el “hombre de Estado” es “magnánimo”, con una misión creadora, a diferencia de un “pusilánime”, que no tiene misión alguna y va por el mundo con una perspectiva cortoplacista alimentada por su propia subjetividad.

Bajo ese realismo, el gran político no está ausente de vicios y no se debe medir por la escala de las virtudes usuales, pues “la grandeza viene acompañada de sus propias miserias”. Basta tomar como ejemplo a Winston Churchill, que no era perfecto, pero sí era un estadista.

Hoy parece que tenemos todo menos hombres de Estado en el poder. Más bien, vemos a políticos que se preocupan por lo inmediato. Que están dominados por sus miedos y animosidades, las cuales nublan su visión y su toma de decisiones, y los llevan a perder el temple cuando alguien los refuta o cuestiona.

Esa actitud y visión maniquea de la realidad la replican todos los días en sus gobernados, a los que contagian y mueven con una manipulación sustentada en odios y resentimientos. Es más, es así como se hacen del poder y es como pretenden conservarlo.

Es interesante que, bajo su visión, tampoco les deben nada a sus electores, incluso los miran con desdén y superioridad moral desde su templete. “Pobres, no saben lo que les conviene”, seguro piensan. De ahí su actitud de aleccionadores y guías de un rebaño que estaba sin pastor.

Su cosmovisión no es orgánica, sino simplista. Por eso piensan que saben más que los científicos o expertos. Su egoísmo y arrogancia no les permite ver más allá de sus narices, a la par que se sienten inmunes a los errores e, incluso, a las enfermedades a las que todos somos vulnerables.

Todo lo que ocurre fuera de su control, está mal hecho y debe destruirse, aunque no se sustituya con algo que funcione. Por ello, no buscan acuerdos y negociaciones con las demás fuerzas políticas. Prefieren arrasar con todo lo antes creado, como si su gobierno o legado fuera a perpetuidad. Tal vez lo sea, pero no en el sentido que ellos piensan.

Al final, su posición política reducida se limita a dirigir todo como si se tratara de un gran espectáculo que debe entretener, a la par que desvían la atención de los temas importantes —empleo, economía, salud y seguridad—. Las tragedias que se viven y los pobres resultados de sus administraciones son culpa de otros, del pasado, de los opositores. La ley y las consecuencias de sus malas decisiones no son importantes, sino sólo la percepción que se tiene sobre su persona y su gobierno.

Su principal motivación es el poder por el poder y la manera de conservarlo. Como dijo Otto von Bismarck, “el político piensa en la próxima elección; el estadista, en la próxima generación”.

Por eso, no hay duda que Ortega y Gasset tacharía de pusilánimes a esos mandatarios, que se perdieron en llegar, pero no en aprender a gobernar, y que no cabrán dentro de ese reducido cajón donde la historia ha puesto a un puñado de estadistas que sí cambiaron el destino de sus naciones.

*Maestro en Administración Pública por la Universidad de Harvard y profesor en la Universidad Panamericana

Twitter: @ralexandermp

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