En el curso que terminó ayer, impartido por el Colegio de Bioética y la Universidad del Estado de Hidalgo me tocó hablar acerca de un tema especialmente interesante en los tiempos que corren, me refiero a las implicaciones éticas en las decisiones de salud pública. Se trata de poner de relieve los contrastes comparando el análisis ético individual con el derivado de las mejores prácticas para defender la salud de una población y lo que aparentemente puede ser coincidente no siempre resulta así. El ejemplo más típico es el de la aplicación de forma masiva de insecticidas para prevenir la proliferación de los mosquitos que trasmiten enfermedades como el dengue. A primera vista parece lógico rociar poblaciones costeras, en los lugares de residencia de las personas, con insecticidas exprofeso, hasta el momento en el que alguien menciona un problema muy serio: los insecticidas pueden causar, en algunas personas susceptibles, una enfermedad llamada aplasia medular que, en el mejor de los casos se revierte sola, pero en el peor puede conducir a la muerte a alguien. De esta forma, aparece las ssiguientes preguntas: ¿se justifica causarle la muerte a una sola persona previniendo el dengue? ¿Cuántas personas van a fallecer por complicaciones del dengue en caso de no usar el insecticida? ¿Cuál será el impacto ecológico del insecticida? Todas éstas preguntas deben ser contestadas por la autoridad sanitaria encargada de la prevención de enfermedades y, desde luego, no existe una solución fácil.
Cualquier decisión que tome la autoridad tendrá efectos directos en la vida o la integridad de personas concretas. Siempre habrá alguien afectado o afectada de forma más o menos grave. Esa misma realidad prevalece en todas las decisiones en salud. El día de hoy, que tenemos en México una autoridad sanitaria realmente preocupada por recomponer un sistema de salud muy afectado por malas decisiones de los últimos gobiernos, deben estar resolviendo dilemas como el descrito momento a momento. Sólo para recomponer el sistema de vacunación nacional debieron discutir con detalle cada biológico pendiente de aplicación, para proponer la urgencia y los lugares dentro de nuestra complicada geografía, e iniciar la distribución mediante la red fría indispensable en este ámbito. Uno de los ejemplos que cito en mi alocución fue el del papanicolaou, respecto del cual está demostrado que la mejor frecuencia de toma del estudio es cada tres años a todas las mujeres mayores de 25 años, el lado difícil de esa norma es que algunas mujeres van a desarrollar cáncer cervicouterino en un periodo menor y quizá perderán la vida. Para ellas la estadística no cuenta: pierde el 100% de su vida.
También se puede hablar en este ámbito de la priorización de las decisiones con mejor impacto en la vida de toda la población y, desde luego, son las acciones preventivas como las vacunas o todo lo que significa el primer nivel de atención a la salud, que con muy poca inversión salvará millones de vidas, pero eso no puede significar abandonar a las personas con enfermedades de alto costo como el cáncer, que será cada vez más frecuente en una población que tiende a envejecer rápidamente.
Nunca se menciona este panorama en los medios, que sólo pretenden escandalizar a la sociedad encontrando un caso de una persona a la que no le llegaron a tiempo sus medicamentos. Ojalá tengamos cada día una prensa y medios más responsables.
