Medicina alternativa
En una actitud científica, se requiere someter a estas terapias a la demostración
La práctica médica en la sociedad occidental hoy está matizada por el enfoque científico por muchas razones, pero, principalmente, es porque el argumento de la demostración objetiva de los hechos nos convence. La práctica clínica, por sí misma, no es una actividad científica, tiene elementos tomados de la ciencia para explicar el fenómeno de la enfermedad, y lo que es más importante, toma los hallazgos científicos para aliviar o curar al enfermo.
Se puede hacer investigación a partir de los datos obtenidos de los pacientes en consulta, de hecho, Ruy Pérez Tamayo afirma que es un deber ético de todos los médicos que practicamos hacer investigación. Basta con una báscula, un estetoscopio y un baumanómetro para aportar algo al conocimiento.
Pero hay un lado de la práctica médica que el día de hoy sigue teniendo relación con una percepción mágica del curandero (hablando del médico), que además lo hemos podido estudiar en su justa dimensión, y le llamamos “efecto placebo”. Es este fenómeno que todos conocemos y que se manifiesta cuando sentimos alivio “sólo con ver a nuestro médico”; sabemos en la práctica que quizá el 50% de las posibilidades de curación de una persona enferma depende del convencimiento que logra el galeno sobre su paciente.
La llamada medicina científica, que es esta práctica rodeada de evidencias científicas, ha demostrado a lo largo de la historia reciente su irrebatible valor, demostrado con el incremento en la esperanza de vida de todas las sociedades que la han incorporado. México no es la excepción, la modificación en este dato es incuestionable.
Bajo esta óptica, resulta difícil afirmar que otras prácticas que pretenden el alivio o la curación de la enfermedad tengan algún valor, pero no es aceptable, en una actitud científica, descartarlas de entrada. Se requiere someterlas al mismo ácido de la demostración científica para poder ponderar el valor de cada propuesta, descontando el efecto placebo, lo que significa una labor titánica, pero nada despreciable.
Cito como ejemplo el caso de la acupuntura que, sin presentarnos ninguna hipótesis razonable en términos del posible mecanismo de acción, las sociedades orientales afirman que es eficaz. Al día de hoy, existen publicados centenares de los llamados “meta-análisis” que no son otra cosa que la evidencia acumulada en muchos estudios, referentes al uso de la acupuntura en diversas situaciones clínicas; y son muy pocas circunstancias, padecimientos o enfermedades en las que se ha podido demostrar eficacia. Tendremos que esperar para que tome su lugar como herramienta terapéutica en la medicina moderna.
Lo mismo podemos mencionar respecto de propuestas como la homeopatía, que resulta todavía más difícil de concebir que el uso de concentraciones tan pequeñas de una sustancia, que a veces no cabe una molécula en un litro de agua, tenga alguna utilidad, pero esperemos a ver si nos presentan demostraciones objetivas de su eficacia. Existen evidencias científicas del uso de algunas plantas, que son tan claras que la industria farmacéutica las ofrece a la venta en formas de comprimidos o cápsulas; lo que significa otra cara de la herbolaria, que probablemente nos pueda otorgar mayor seguridad que acudir al yerbero local, sobre el cual no existe normatividad que regule su práctica. Lo que no es aceptable es intentar sustituir a la medicina científica sólo por motivos presupuestales.
