Globalización titubeante

Esta nueva fase del desarrollo capitalista se caracteriza por la capacidad de los países poderosos de imponer condiciones y valores al resto del orbe.

Con el final de la Segunda Guerra Mundial y el establecimiento de un nuevo orden internacional surgieron a la vida internacional organizaciones tales como las Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la Comunidad Económica Europea y grandes empresas transnacionales, que configuraron el arranque de lo que hoy conocemos como la “globalización”.

Este fenómeno comenzó primero a construirse entre los países que resultaron victoriosos de la conflagración, para establecer nuevas formas de interrelación, así como para la reconstrucción de Europa occidental.

Al finalizar la Guerra Fría y con la caída del socialismo del bloque soviético y del Muro de Berlín, el capitalismo triunfante se extendió hacia todos los rincones del mundo: China y Rusia, incluidos.

Lo que comenzó con acuerdos económicos y comerciales se fue consolidando en el hecho de que las fronteras de los Estados se difuminaran —de alguna manera— para permitir un intercambio más libre de personas, productos y servicios. Desde luego este proceso ha sido como todos, gradual.

El desarrollo tecnológico desenfrenado de las comunicaciones y los tratados internacionales han generado que muchos de los paradigmas de los Estados nacionales caigan o se transformen.

La globalización ha calado tan hondo en la forma en que establecemos nuestras relaciones que podemos decir que ésta supone ya ser una política multilateral e institucionalizada. Ejemplo de ello es la gran proliferación de organismos y normatividades internacionales.

Esta nueva fase del desarrollo capitalista está caracterizada por la capacidad de los países poderosos de imponer condiciones y valores éticos, políticos, culturales y económicos al resto del orbe.

Uno de esos valores importantes que se han impuesto con la globalización es la concepción jusnaturalista de los derechos humanos, que en muchas ocasiones se utiliza como punta de lanza en la conquista de intereses económicos.

Todo lo anterior ha cuestionado la validez y actualidad de conceptos jurídicos surgidos desde la Paz de Westfalia, como la soberanía y el Estado-nación.

Lo curioso del caso —y que no podemos dejar de analizarlo— es: ¿Por qué dentro de la dinámica impuesta por la globalización y su aparente expansión, dos de los países más emblemáticos de este proceso económico, como son Estados Unidos y Reino Unido, han optado por una actitud reduccionista, de aislamiento y retrocesos?

El Reino Unido a través de una votación popular decidió abandonar la Unión Europea y ahora, tanto el inefable Donald Trump como Hillary Clinton —con menor agresividad— han incorporado a sus discursos de campaña la promesa de revisar la conveniencia de retirar a Estados Unidos de los tratados comerciales con México y Canadá, así como con los países del Pacífico.

Ello demuestra que la soberbia les ha impedido prepararse con eficiencia para la libre competencia y, en el fondo, son ineficientes y proteccionistas.

El neoliberalismo ha radicalizado la pobreza y concentrado el poder a escala mundial, como nunca antes en la historia de la humanidad. Habría que tener presente la naturaleza cíclica de la historia y entender que todos los modelos terminan por agotarse, tarde o temprano.

Como Corolario, la frase del escritor argentino Ernesto Sabato: “Al parecer, la dignidad de la vida humana no estaba prevista en el plan de la globalización”.

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