La fascinante historia del agua en el Valle de México (XI)

Ramón Aguirre

Ramón Aguirre

Registro Tláloc

La Ciudad de México se encuentra en una cuenca cerrada, rodeada de montañas y sin una salida natural para el agua de lluvia. Esta condición ha obligado, durante siglos, a construir grandes obras para reducir el riesgo de las catastróficas inundaciones que han marcado su historia.

Desde el Albarradón de Nezahualcóyotl, en tiempos de los mexicas, hasta el Tajo de Nochistongo durante La Colonia; el Gran Canal del Desagüe en el Porfiriato; y posteriormente el Sistema de Presas y el Emisor del Poniente, cada generación buscó nuevas soluciones. Sin embargo, la magnitud y evolución del problema terminaron por hacerlas insuficientes.

UNA CIUDAD QUE SE HUNDE

El Gran Canal de Desagüe, inaugurado en 1900, fue diseñado para funcionar por gravedad y tenía capacidad suficiente para desalojar las aguas de una ciudad de poco más de 500 mil habitantes. No obstante, apenas unas décadas después comenzó a presentar problemas.

La fuertes lluvias e inundaciones de 1925 evidenciaron que el agua ya no se desalojaba como estaba previsto. El ingeniero Roberto Gayol identificó un hundimiento progresivo de la ciudad, fenómeno que Nabor Carrillo explicó científicamente en 1948 al demostrar su relación con la extracción del agua subterránea.

Las lluvias de 1950 y 1951 confirmaron la gravedad de la situación: amplias zonas permanecieron inundadas durante varios días, con niveles de hasta tres metros. Como respuesta se construyeron nuevos colectores y 29 plantas de bombeo para elevar las aguas y recuperar capacidad en el Gran Canal. Eran medidas indispensables, pero no constituían una solución definitiva.

El desafío era construir un sistema de desalojo que no perdiera funcionalidad debido los hundimientos diferenciales de la ciudad, cuyo promedio alcanza 13 cm, con variaciones que van de prácticamente cero hasta más de 40 cm en algunas zonas.

UNA OBRA MONUMENTAL

La respuesta fue una obra de gran magnitud: un túnel capaz de conducir las aguas atravesando las Sierras de Guadalupe, Tepozotlán y Sincoque-Encinal, para descargarlas hacia el río El Salto. El proyecto contemplaba un recorrido de 50 km y profundidades de entre 48 y 217 m.

Los estudios comenzaron en 1959 y la construcción en 1967. Ocho años después, el 9 de junio de 1975, se inauguró la primera etapa: el Emisor Central, con diámetro de 6.5 m y una longitud de 50 km, además de 18 km correspondientes a los Interceptores Central y Oriente. Con nuevas etapas las obras continuaron hasta integrar 9 interceptores con 85.3 km adicionales, alcanzando una longitud total de 153.3 km en el Sistema de Drenaje Profundo.

Su ejecución representó un enorme desafío para la ingeniería de la época. Fue desarrollada por la Dirección de Construcción y Operación Hidráulica del Departamento del Distrito Federal, encabezada por el ingeniero Raúl E. Ochoa Elizondo, con la participación de empresas contratistas mexicanas, entre ellas, Ingeniero Civiles Asociados (ICA).

La excavación atravesó distintos tipos de suelo, lo que obligó a adaptar continuamente los procedimientos constructivos. Se utilizaron escudos, gatos hidráulicos, sistemas de aire comprimido y otras técnicas entonces de vanguardia. En algunos frentes fue necesario presurizar las áreas de trabajo para contener el terreno y las filtraciones de agua, sometiendo incluso a los trabajadores a procesos controlados de compresión y descompresión.

Como otras grandes obras hidráulicas construidas para hacer habitable el Valle de México, el Sistema de Drenaje Profundo constituye una obra excepcional por su escala, complejidad y relevancia. También es testimonio de una ingeniería mexicana que, a lo largo del tiempo, ha demostrado capacidad, talento e innovación para resolver los más complejos desafíos urbanos, territoriales y de infraestructura del país.