Mi querido viejo: alguien, en algún momento, me preguntó por qué yo estoy siempre sonriente, en aquel momento no supe qué responder, aunque me di cuenta que ésa es la verdad, la mayor parte del día estoy sonriente, en casa, en la calle, con amigos, etcétera.
Pero yo no voy a hablar de mis razones para sonreír, sería presuntuoso y vanidoso, por lo que escogí un método más efectivo y más fácil: preguntarle a Alicia.
Querido viejo, tú sabes que Alicia es la compañera de mi vida, desde el momento en que la conocí, al quedar prendado de su belleza y su sonrisa, quise regalarle algo, y como no supe qué comprar, decidí regalarle la luna, y así lo hice el mismo día que la conocí.
Entonces, después de lo que hemos vivido, al conversar el otro día le pregunte por qué ella sonríe siempre, y estas son algunas respuestas que me dio.
Sonrío –me dijo, linda como siempre–, porque a la edad que tengo puedo estar contenta de mi salud, que ha sido muy buena por muchos años; estoy contenta porque mi corazón, mis pulmones y todos mis órganos están bien; he tenido problemas con los huesos, la columna vertebral en especial, por lo que he tenido que operarme, y los resultados han sido excelentes; hoy mismo fui con el doctor Robert de Leo y me encontró bien, sin mayores problemas.
Sonrío porque tengo buena memoria, y al recordar los maravillosos momentos que he vivido no puedo sino dar gracias a la vida, que me ha tratado muy bien; amo la pintura y la escultura, y voy tres días a la semana para pintar y esculpir, y regreso siempre con una sonrisa en los labios.
Sonrío por los múltiples viajes que hemos hecho en estos años, comenzando por uno –medio loco– que hicimos a Tahití ¡para casarnos por el rito polinesio!, a partir de ahí, viajes a múltiples ciudades del país, a más de 23 países en todo el mundo, lo que nos permitió conocer no sólo esos maravillosos lugares, sino decenas, cientos de hombres y mujeres nos brindaron siempre su sonrisa y su amistad.
Pero lo que más me hace sonreír es vivir cada día al lado del hombre que amo, al que conocí un día sin saber por qué, y desde entonces me hace sonreír porque compartimos todas las horas del día, y porque nunca han existido diferencias de opinión, de proyectos o de gustos, tanto placer nos causa cenar en un buen restorán que comer en la noche trocitos de queso, con uvas y una copa de vino blanco.
Cuando Alicia me contó todo esto, querido viejo, pensé que, como muchos otros amigos que conozco, sonrío porque soy feliz, admiro las pinturas y esculturas de Alicia, y como muchos viejos de mi edad, tengo achaques, enfermedades que merecen la atención constante; evidentemente mis fuerzas ya no son lo que fueron, pero cada día me levanto con una sonrisa, y me veo al espejo, con arrugas y sin cabello, pero con la sonrisa que agradece a la vida un día más.
Y me doy cuenta que hemos vivido como la mayoría de las parejas, y que como ellas hemos tenido momentos difíciles, enfermedades y penas que nos han llenado de amargura, y pérdidas que nos llenaron de desconsuelo. Pero así es la vida y, en lugar de encerrarnos en la tristeza, abrazamos nuevamente la alegría y seguimos adelante.
Ni Alicia ni yo nos consideramos pareja excepcional, pero sí nos damos cuenta junto con parejas sonrientes, hay quienes iniciaron sus vidas como nosotros, pero han perdido poco a poco la alegría de vivir y han perdido la sonrisa, por eso los vemos serios, a veces enojados, y no pueden disfrutar estos últimos años que la vida les regala.
He querido compartir esta reflexión que hice con Alicia, porque creo que todos merecemos sonreír siempre, y que en eso consiste la sabiduría de la vida.
Y tú, querido viejo: ¿sonríes a la vida?
