Mi querido viejo: sabes bien que entre nosotros, sobre todo a nuestras edades, vemos cada día más hombres y mujeres cuya enfermedad les impide el más elemental de los movimientos: caminar, y por eso necesitan de dos elementos: una silla de ruedas y alguien que la empuje.
En México, se estima que al menos 7% de la población vive con algún tipo de discapacidad, lo que equivale a 8.9 millones de personas, según datos del Inegi y la ENADID; sí, casi nueve millones de discapacitados.
Y cada uno de ellos enfrenta a calles inaccesibles (sólo 6.5% cuenta con rampas), y transporte publico sin accesos adecuados.
Frente a este problema, el IMSS cuenta con el Comité Institucional de Derechos de Personas con Discapacidad, y atiende anualmente a un estimado de 10 mil discapacitados.
Hay otras organizaciones autónomas, como Vida Independiente México, una asociación dedicada a integrar social y laboralmente a las personas con discapacidad motriz, a través de una rehabilitación física, psicológica, manejo de silla de ruedas, filosofía de Vida Independiente, entre otras, logrando una verdadera interacción de personas en silla de ruedas y cuidadores de pie.
Porque la tragedia de un individuo discapacitado es doble: por un lado, su incapacidad para las actividades básicas: vestirse, bañarse, caminar, subir escaleras, viajar en transporte púbico, etcétera, afecta su vida y, además, afecta la vida de la persona que tiene que atenderlo todos los días.
Y por eso quiero hablar de esa asociación única, porque una tragedia: accidente, enfermedad, etcétera, une a dos personas –que pueden o no ser parientes– en una simbiosis que no surge por el afecto o por pensamientos similares, cariño o amor, sino por la necesidad de que uno de ellos supla las destrezas y actividades del otro.
Y por eso admiro la dignísima postura del discapacitado que acepta que otro haga las actividades que él no puede hacer y, por otro lado, admiro el heroísmo de quien lo ayuda, sacrificando su vida personal y todos sus asuntos, para dedicarse a atender al discapacitado.
Sé que hay muchos discapacitados que tristemente son infelices, pero yo quiero dar un testimonio de vida plena, a pesar de todo.
Hace cuatro años yo vivía sano, y un resbalón derivó en fractura del fémur; fui excelentemente atendido y me recuperé, pero nunca volveré a ser el mismo, porque no puedo manejar, no puedo caminar sin vigilancia y bastón, y ya vivía jubilado, pero el accidente me “jubiló” aún más.
Pero soy afortunado, porque mi discapacidad tiene una “cuidadora” maravillosa: Alicia de mi vida, desde aquel 1991 cuando unimos nuestras vidas. El accidente me hizo discapacitado, pero el amor de Alicia, y el apoyo de mis hijos, nietos y amigos, iluminan mi día y por eso, a pesar de las limitaciones, soy feliz.
Gracias por todo los cuidadores que atienden a los discapacitados con destreza y con amor.
