A pesar de que aún no hay certeza total de qué fuerzas políticas integrarán al próximo gobierno israelí, todo parece indicar que Gadi Eisenkot, el líder de la oposición al bloque de Netanyahu, recibirá la encomienda de ser él quien primero tendrá la oportunidad de intentar formarlo. Y aquí es donde se presenta el asunto de las cifras: el bloque que apoya a Netanyahu obtuvo en los comicios 53 escaños de los 120 que integran el Parlamento, mientras Eisenkot consiguió 48. Así las cosas, ninguno de los dos cuenta con el mínimo de 61 bancas para automáticamente colocarse al mando de la nación. Quedan sin haberse alineado con ninguno de los dos bloques contendientes los 19 diputados electos miembros de los dos partidos árabes de Israel, que tuvieron el mejor resultado de toda su historia gracias a que en esta ocasión su afluencia a las urnas rompió récord.
Por tanto, esa fuerza política de 19 teóricamente está en posibilidad de brindar o no su apoyo a alguno de los dos bandos en pugna. Es evidente que de ninguna manera está en sus planes auxiliar a Netanyahu, ya que justamente fue su profundo descontento ante muchas de sus políticas y sus políticos, lo que la movilizó para tratar de impedir que conservara el timón del gobierno. Por el otro lado, su ingreso a las filas de la bancada encabezada por Eisenkot sería lógica desde cierta perspectiva, pero enfrenta difíciles dilemas para las dos partes de esta ecuación. Porque es innegable que existen discrepancias y reticencias, entre ellos en función de la identidad esencial de cada uno de estos bancadas: la judía y la árabe.
Por el momento, una solución posible que, al parecer, podría funcionar es la de que el bloque árabe de 19 diputados quede en la oposición formalmente, pero se comprometa tácitamente a apoyar a un gobierno encabezado por Eisenkot. ¿Cómo? No sumándose a ninguna iniciativa o moción de desconfianza promovida por el bloque de Netanyahu que intentara desbancarlo.
Desde luego que sigue habiendo reservas a ese esquema y, sin embargo, justo en esta semana en que se conmemoró el 31 aniversario del asesinato del premier Itzjak Rabin, resulta pertinente recordar una coyuntura de entonces que puede equipararse con la actual. A partir de septiembre de 1993, luego de firmar los Acuerdos de Oslo con la OLP, el gobierno de Rabin se convirtió en gobierno de minoría al ser abandonado por uno de los socios políticos que formaban parte de él y se manifestaba opuesto a los mencionados acuerdos. Quedó así únicamente con 56 escaños y, sin embargo, no se derrumbó al funcionar como gobierno estrecho o de minoría, que contaba para su sostenimiento con el respaldo externo de los partidos árabes, interesados en que el proceso de paz continuara su avance y contribuyera también al mejoramiento de las condiciones de vida de la población árabe.
El ejemplo de aquel gobierno de Rabin bien podría reproducirse ahora. Aun cuando hasta el momento no sabemos si así será o si surgirá algún factor imponderable que pudiera alterar las cosas, es un hecho que el próximo día 10 de noviembre se instalará el nuevo Parlamento recién electo y podrá empezar a sesionar. Al contar Eisenkot con las 19 bancas de los árabes, apoyándolo desde afuera, más las 48 ganadas por su bloque, estará en capacidad de nombrar al nuevo vocero parlamentario, quien tendrá la misión de presentar ante el pleno la nueva agenda legislativa.
Se prevé que entre sus primeras iniciativas estará la de reducir las veces que un primer ministro se puede reelegir, así como la de instalar una comisión investigadora independiente con la tarea de determinar las responsabilidades de los altos mandos nacionales durante los trágicos eventos del 7 de octubre del 2023, la catástrofe más importante en la historia del país. Sobre todo esa demanda se ha convertido en una de las banderas más potentes para movilizar a la oposición a Netanyahu y a su gobierno, puesto que persiste la convicción de que mientras continúe la incertidumbre acerca de las fallas imperdonables que condujeron a tal catástrofe, no habrá posibilidad de superar el gran trauma colectivo en el que aún está inmersa la nación entera.
