Recordando los ‘abuelismos’
Somos un tesoro que no se debe ignorar

Rafael Álvarez Cordero
Viejo, mi querido viejo
Querido viejo, recordar nuestra infancia es un placer que nos permite volver a vivir las emociones y sensaciones que entonces tuvimos. Sea cual sea el recuerdo de nuestros primeros años, no negarás que causan alegría. En los tiempos que corren, es bueno que, sin dejar de ocuparnos por lo que ocurre en el país, encontremos una sonrisa que nos alegre el corazón.
Siempre he reconocido el valor del lenguaje, ese que aprendimos desde los primeros años y que nos forjó, el que nos hizo entender el mundo y comunicarnos con los demás cada día con más precisión.
Entre ese lenguaje de nuestra infancia hay palabras que tienen significado especial en nuestro medio y que un amigo de España o Latinoamérica puede no comprender. Un querido viejo, cuyo nombre ignoro, los escribió y los llamó abuelismos. Espero que recuerdes algunos abuelismos y su significado y los disfrutes.
Achichincle, achicopalarse, argüende, borlote, chicho, chochear, cotorrear, chilpayate, descon-
chinflado, desguanzada, pipirín, endilgar, en un de repente, enyerbado, gorrón, guateque, hacer de tripas corazón, itacate, mal paso, me sabe la boca a centavo y mitote.
También muina, ni fu ni fa, ni yendo a bailar a Chalma, no sé por qué diantres, quién quita y..., patatús, pelmas, prángana, sanseacabó, Santas Pascuas, soponcio, sulfurarse, tate sosiego, tilico, tirria, traqueteo, vaquetón, quítame tu piojero y zangolotearse.
¿Qué te parece, querido viejo?, ¿cuántas de estas palabras recuerdas, conoces su significado y hasta recuerdas cuándo las oíste en casa?
Recordar es parte irrepetible de nuestro vocabulario. Nos transporta a esos años en que éramos eternos, no teníamos miedo a nada, salíamos a la calle a jugar hasta altas horas de la noche, volábamos en bicicleta sin ninguna protección y, si nos raspábamos las rodillas o los codos, seguíamos adelante con una sonrisa en los labios.
En esos tiempos tomábamos agua del grifo, brincábamos los charcos, nos subíamos a los camiones de aguilita, apostábamos todas las canicas a un tirito y teníamos amigos eternos que dejaban de serlo por cualquier nadería.
Pero, además, querido viejo, recordarás otras actividades que ahora se antojan perdidas: leíamos, leíamos mucho, novelas, aventuras, historias de viajes, junto con nuestros libros de texto.La lectura fue no sólo parte de nuestras vidas, sino que también forjó lo que somos hoy como ciudadanos. Casi sin darnos cuenta aprendimos en casa valores y principios, reglas de convivencia en armonía, que hacían que los pleitos se acabaran al llegar la noche.
Eso vivimos, querido viejo, de una u otra forma.
Eso vivimos y somos lo que somos gracias a esos años inolvidables.
Por eso, y por muchas razones más, los viejos somos un tesoro que no se debe ignorar y que no se puede perder.
Nuestras experiencias pueden servir para que los nietos, que ahora viven inmersos en la tecnología, no olviden la magia del lenguaje, la importancia de comunicarse no sólo con un like o con un meme, sino con palabras que expresen los sentimientos, con frases que expresen lo que realmente queremos decir. Nuestro idioma es riquísimo, tiene 80 mil palabras, vale la pena usarlo todos los días.
Vivan los abuelismos, viva nuestro lenguaje, rico, hermoso, que no debemos perder.