¿Cuál informe, señor Presidente?

Nos debemos enfocar en las elecciones del 6 de junio, para lograr ese cambio que todos anhelamos para México.

Rafael Álvarez Cordero

Rafael Álvarez Cordero

Viejo, mi querido viejo

                Much ado about nothing (mucho ruido y pocas nueces).

                W. Shakespeare

Los mexicanos hemos tenido que sufrir, como en su momento los alemanes con Hitler o los cubanos con Castro y otros mandatarios, larguísimas peroratas matutinas del señor Presidente; habla para sus seguidores, pero, sobre todo, para sí mismo, y sonríe porque al parecer cree que sus fantasías son la realidad

Pero, no contento con los sermones matutinos, decidió hacer “informes parciales” y ésta semana leyó uno más que, como dijo Shakespeare, fue “mucho ruido y pocas nueces”, porque no informó nada nuevo y repitió las mentiras que acostumbra. Por eso pregunto: ¿cuál informe, señor Presidente? Es triste ver cómo se copia a sí mismo, sin razón y sin razones.

Es sicológicamente alarmante ver que López Obrador se aferra a su discurso, el cual no tiene nada que ver con la realidad. Así, el combate a la corrupción está resuelto sólo en su mente, porque todos vemos que la llamada Cuarta Transformación —esa quimera alojada en su cerebro— vive la mayor corrupción conocida; ¿quién en su sano juicio puede negarla?

En su informe, volvió a felicitarse por el combate a la delincuencia, que sería risible si no fuera tan terrible: decenas de miles de delitos todos los días, a lo largo y ancho del país, convierten a México en un Estado fallido, mientras él, mentalmente bloqueado, lo niega.

La economía está por los suelos. México está más endeudado que nunca. En 30 meses, Andrés Manuel solicitó al Banco Mundial la cantidad de 3,855,000,000 de dólares, cuando en seis años, Peña Nieto sólo solicitó 2,331,000,000 de dólares. Pemex está quebrado, los proyectos faraónicos consumen cada día más dinero (35% más al Tren Maya), pero repite “vamos requetebién”, y me pregunto: ¿está en sus cabales al afirmarlo?

Los programas sociales han mostrado, una vez más, la falta de orden, despilfarros y corrupción y los resultados son lamentables. El Presidente desprecia las cifras de productividad del BID y dice que hay que medir “la felicidad y el bienestar de la gente”, pero ni eso se cierto, porque México perdió 23 lugares en el Ranking Global de la felicidad de Gallup —estaba en el lugar 23 de 149 países y cayó al 46—. ¿Ceguera mental o algo peor?

Y dice “vamos bien con la pandemia”, lo que es un insulto a los miles de mexicanos que perdieron la vida por políticas erróneas; dice: “están vacunados todos”, e ignora a miles de trabajadores de la salud que exigen ser inoculados; dice: “vamos a tener medicamentos”, que es otra falacia porque no llegarán hasta fin de año. Su desprecio por los enfermos y los muertos es un trastorno preocupante que merece un análisis profundo.

Y reflexionando sobre todo esto, me pregunto: ¿qué pasa en el cerebro de Andrés Manuel? Hace un tiempo leí en Le Monde un estudio: La santé mentale des dirigeants d’Amérique Latine (La salud mental de los dirigentes de América Latina), en el cual, un siquiatra, Gerard Simonelli, señaló que, al parecer, AMLO sufre demencia senil. Poco después alguien negó que ese siquiatra hubiera dicho tal cosa, por lo cual, nuevamente en Le Monde apareció Simonelli diciendo: Ouí, j’existe (sí, yo existo) y corroboró el diagnóstico. Pero no es el único, porque hay otros sicólogos y analistas que consideran que, en efecto, Andrés Manuel no está bien; uno habla de epilepsia mental, otro de paranoia o delirio de persecución; yo no soy sicólogo, pero…

Hay más datos: Jean Meyer dice que es autoritario y está resentido, y Roger Bartra afirma: “ha perdido la batalla en el terreno intelectual y eso lo irrita mucho, por ello ataca constantemente a los intelectuales críticos”. Yo me pregunto: ¿hasta dónde llegará Andrés Manuel negando la realidad que se le viene encima?, ¿qué pasará con México en manos de un individuo cuya inteligencia es limitada y cuya salud mental parece estar comprometida? Porque los discursos, las ofensas y las ocurrencias no serán nada comparados con la realidad que se avecina con un presidente que no tiene los pies en el suelo.

Si sólo denunciamos los hechos, seremos cómplices de ese teatro del absurdo; mejor nos debemos enfocar a las elecciones del 6 de junio, para lograr ese cambio que todos anhelamos para México.

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