De muros y muros
Seguramente usted, como la mayoría de los mexicanos, está hasta la coronilla de noticias relacionadas con la irrupción del más improbable individuo a la Casa Blanca; estará hasta la coronilla de sus amenazas de construir un muro en la línea fronteriza que nos une.

Rafael Álvarez Cordero
Viejo, mi querido viejo
Felicitaciones a Jacqueline Peschard y a los miembros
del Comité de Participación Ciudadana del Sistema Nacional Anticorrupción.
Hoy no hablaré del muro de Trump ni haré consideraciones legales, logísticas, financieras, sociales o diplomáticas al respecto, porque creo que los mexicanos tenemos dentro de nuestro territorio otros muros que son más importantes y nos afectan profundamente.
El primer muro que hay en el país es el que siempre ha existido entre los mexicanos que están en el poder: el Presidente, los funcionarios del gabinete, los partidos políticos, los legisladores, gobernadores, alcaldes y presidentes municipales, y quienes no tenemos poder político alguno, los ciudadanos de a pie; este muro de falta de comunicación, de medias verdades y medias mentiras, de declaraciones sesgadas y silencios ominosos aumentó en estos últimos años, porque los asesores del presidente Peña diseñaron un estilo de comunicación deleznable, que ha redundado en una baja de su popularidad como nunca se había visto; el Presidente no “conecta” con los ciudadanos, sus palabras, su actitud, sus gestos y su obsesión por hacer cada día un acto suntuoso con todos su colaboradores como lo hacía Porfirio Díaz resultan no sólo en una pérdida de tiempo para secretarios y gobernadores, sino que son obsoletos e inútiles; este muro sigue en pie y seguirá afectando a la República todos los días.
El otro muro, tan importante como el primero, es la corrupción e impunidad rampante que vemos todos los días en funcionarios menores y mayores, gobernadores, legisladores, etc., que no sólo gozan de libertad, sino que ostentan sus riquezas: autos, joyas, relojes, casas, etc., con la mayor desvergüenza, mientras millones de mexicanos sufren para tener el pan de cada día y el nivel de pobreza sigue como en tiempos de la Colonia; hay ejemplos de corrupción verdaderamente indignantes, cuando se conoce que unos niños con cáncer no recibían los medicamentos adecuados.
Esa misma corrupción e impunidad se levanta como un muro en todas las dependencias del gobierno en las que hacer un simple trámite se convierte en un calvario, a menos que el ciudadano “acelere” los trámites mediante un pago al burócrata en cuestión o al funcionario cuya firma es necesaria; este muro es el responsable de la falta de desarrollo económico del país.
La corrupción y la impunidad son además una causa de la violencia y los delitos que ocasionan la inseguridad de todos los mexicanos, porque los peores delincuentes son aliados de los policías y protegidos por los jueces, en tanto que los ciudadanos estamos indefensos porque, al solicitar el apoyo de las fuerzas del orden, no sabemos si estamos llamando a los cómplices de los malhechores.
Esos muros son tan o más nocivos que aquellos que los yanquis quieren levantar entre nuestras naciones y al parecer no hay forma de derribarlos; los funcionarios del gobierno creen que somos débiles mentales, que no nos damos cuenta de sus manejos, pero, ahora que los ciudadanos podemos registrar en audio y video las trapacerías de los funcionarios, queda al descubierto su corrupción y así derribamos poco a poco el muro que nos impide ver la verdad que existe en las altas esferas del gobierno.
El muro más difícil de derribar es el de la combinación de corrupción e impunidad, mancuerna cuya solución ha sido bloqueada una y otra vez por los legisladores, que ponen todas las trabas posibles para que el Sistema Nacional Anticorrupción funcione adecuadamente; la llegada de un Comité de Participación Ciudadana al Sistema Nacional Anticorrupción puede ser una bocanada de aire fresco para ventilar este ambiente enrarecido por ocultamientos, disimulo, tortuguismo, equívocos provocados, etc., y agravado por la afirmación del señor Presidente de que la corrupción es “cultural”.
Tenemos que derribar todos los muros, y ahora, que con motivo de los ataques provenientes del extranjero hacia nuestro país se alzan voces recordando todas nuestras cualidades, nuestras riquezas, nuestras capacidades y nuestros logros, debemos enorgullecernos de ser mexicanos; patrioterismos aparte, debemos apoyar las acciones de los funcionarios frente a las ofensas o amenazas a México,
pero al mismo tiempo, debemos exigir que se eliminen de una vez por todas esos obstáculos que nos impiden crecer como país.
Hay muros cuya destrucción no depende de nosotros, pero hay otros que sí podemos derribar, y esto debe ocurrir ¡ya!