Sigue el teatro del miedo

Paul Lara

Paul Lara

Cyberpunks

El ecosistema tecnológico ha creado una regla no escrita, pero infalible: cuando los directores ejecutivos de las corporaciones más poderosas del planeta empiezan a advertirnos sobre un peligro inminente con un tono casi mesiánico y apocalíptico, en realidad no están buscando salvarnos, están preparando el terreno para proteger su territorio.

Lo vivimos en su momento durante las batallas por la privacidad de los datos con los gigantes de Silicon Valley, y hoy estamos presenciando exactamente el mismo guion con la narrativa del desastre que envuelve al sector de la inteligencia artificial generativa.

Este fin de semana, declaraciones y posturas públicas como las expuestas por Satya Nadella, CEO de Microsoft, sumadas a los informes sobre los juegos de guerra y escenarios de simulación que manejan a puerta cerrada los altos mandos de OpenAI y Anthropic, dejaron al descubierto una estrategia fríamente calculada: la anticipación del pánico.

Nos advierten, con bombo y platillo, sobre escenarios de pesadilla en los que ataques cibernéticos a gran escala, impulsados por herramientas avanzadas de IA, terminan colapsando el acceso a los servicios financieros, la conectividad a internet o el suministro de agua y energía eléctrica.

Nadie niega que la ciberseguridad sea un reto real, urgente y complejo en la era digital, y más cuando la IA ha impulsado los ataques y las herramientas de hackeo, sumado a los malos entrenamientos y la opacidad de los algoritmos, las famosas cajas negras que las empresas no quieren transparentar, pero sí exigen una regulación. La medicina que sugieren los gigantes tecnológicos para “controlar” este mal huele mucho más a un intento de consolidar un monopolio que a un deseo genuino de protección ciudadana.

Empresarios como Sam Altman o Dario Amodei están maquinando en privado algo que no es únicamente una estrategia de contención de daños públicos para cuando explote una crisis, es el diseño proactivo del control regulatorio del futuro. Saben perfectamente que en el ambiente político actual de Washington o Bruselas, una legislación estricta sobre IA enfrenta severos obstáculos para ser aprobada de inmediato. Por ello, su apuesta es a mediano plazo: quieren dictar desde hoy las letras chiquitas de las leyes que los gobiernos, presas de la desesperación y el miedo, firmarán a ciegas el día que ocurra el primer incidente de seguridad verdaderamente catastrófico.

¿Y cuál es el verdadero peligro latente detrás de esta “regulación preventiva” redactada en las oficinas de las Big Tech? La asfixia deliberada del ecosistema de innovación independiente.

Bajo el discurso políticamente correcto de la “responsabilidad social”, la “prevención de riesgos existenciales” y la “evaluación de capacidades”, las grandes corporaciones están empujando la creación de marcos de cumplimiento regulatorio extremadamente desproporcionados. Estamos hablando de la exigencia de auditorías externas de seguridad cuyos costos ascienden a millones de dólares, esquemas de licencias gubernamentales altamente restrictivos y certificaciones complejas que sólo multinacionales con presupuestos multimillonarios —como Microsoft, Google, Meta, Anthropic u OpenAI— pueden darse el lujo de financiar.

Para las startups, los desarrolladores independientes y todo el movimiento de código abierto (open source), esta jugada representa una sentencia de muerte anticipada o la subordinación total a los grandes actores de la industria. El desarrollo abierto —que históricamente ha sido el democratizador más potente, ágil y transparente de la tecnología mundial— está siendo estigmatizado de manera sistemática como “peligroso”, “incontrolable” e “irresponsable”. Argumentar que los modelos de peso abierto no pueden auditarse ni monitorearse con la misma facilidad sirve como la excusa perfecta para exigir su prohibición o severa restricción legal. De lograrlo, obligarán a cualquier emprendedor o desarrollador del planeta a consumir exclusivamente las API de pago de las empresas de siempre.

No nos confundamos. Es verdad que un modelo avanzado mal utilizado por actores maliciosos puede provocar daños severos, como lo demostraron recientemente las brechas de seguridad registradas en entidades bancarias asiáticas. Pero pretender frenar estos riesgos imponiendo barreras administrativas y burocráticas inalcanzables no resolverá los desafíos de la ciberseguridad global; únicamente concentrará el poder de decisión y el desarrollo informático en las manos de cuatro o cinco directores ejecutivos.

El debate de fondo no debe ser si se requiere o no un marco de ciberseguridad e inteligencia artificial, sino quién lo diseña, cómo se implementa y a quién beneficia realmente. Si permitimos que sea el club de las Big Tech el que le dicte la legislación a un Congreso envejecido, que apenas comprende el funcionamiento básico de la nube, la regulación resultante no protegerá al usuario final: lo hará a los márgenes de ganancia corporativos y mantendrá a raya a las nuevas empresas antes de que puedan despegar.