Malditas granjas de bots

Paul Lara

Paul Lara

Cyberpunks

¿Hay algo más peligroso que un político o influencer mintiendo en redes sociales? Sí, que miles de cuentas falsas repitan la mentira hasta convertirla, ante los ojos de millones, en una verdad aparentemente aceptada. 

El caso de Fernando Cerimedo vuelve a colocar este problema en el centro de la conversación latinoamericana en estos días. El consultor argentino, vinculado durante años con campañas digitales de dirigentes de derecha, fue detenido en Bolivia luego del ataque armado contra su expareja, Nadia Beller, quien sobrevivió a varios disparos. La justicia boliviana investiga las acusaciones en su contra y le impuso prisión preventiva. Cerimedo rechaza las imputaciones.

Hay muchos elementos que deberían preocuparnos mucho más allá del expediente judicial. La falta de credibilidad a la prensa por parte de Beller, quien da a conocer cómo los empresarios y gobiernos en varias naciones como Bolivia y Argentina la controlan, y el hallazgo de una granja de bots en un inmueble relacionado con Cerimedo, como lo hemos visto en México, que permiten poner en la palestra informativa digital temas a modo, usando muchas veces a influencers pagados para ampliar los mensajes.

Una granja de bots no es una computadora con un programa que publica automáticamente. Es una infraestructura diseñada para controlar o coordinar grandes cantidades de cuentas digitales. Su objetivo no necesariamente es convencerte, a veces basta con hacerte creer que millones de personas piensan lo mismo. Ése es el verdadero poder. Si 100 personas publican un mensaje, podemos estar frente a una opinión. Si miles de cuentas aparentemente independientes repiten simultáneamente la misma idea, el algoritmo puede interpretarlo como una tendencia. Entonces empieza el efecto bola de nieve: más visibilidad genera más interacción; más interacción produce mayor distribución; mayor distribución genera cobertura de medios y la cobertura de medios termina convirtiendo una operación digital en una conversación nacional. La manipulación deja de parecer manipulación.

Hace años aparecieron discusiones alrededor de las llamadas granjas de cuentas y los llamados peñabots. Investigaciones sobre operaciones digitales en México han señalado el uso combinado de bots, influencers, cuentas coordinadas y campañas de desinformación para impulsar determinadas narrativas. Por eso el caso Cerimedo debería ser una alarma, no una anécdota argentina o boliviana.

Un operador digital puede trabajar para un candidato, después para un gobierno, posteriormente para un empresario o un movimiento político. Las mismas herramientas pueden utilizarse para construir reputaciones, destruir adversarios, fabricar tendencias o hacer parecer popular a alguien que en realidad tiene una audiencia mucho menor.

Y aquí aparece un problema todavía más profundo. ¿Quién está detrás de la cuenta que acabamos de leer? ¿Una persona? ¿Un militante? ¿Un influencer pagado? ¿Una inteligencia artificial? ¿O una computadora controlando miles de identidades digitales? El ciudadano promedio no tiene manera de saberlo. Ése es el gran riesgo.

Las redes sociales fueron diseñadas para premiar la interacción. El algoritmo no necesariamente sabe si una conversación es auténtica, si una indignación es espontánea o si un hashtag fue fabricado en una habitación con computadoras. Le interesa que interactuemos. Y ahí es donde las granjas de bots se convierten en armas de manipulación.

Pueden inflar artificialmente la popularidad de un funcionario. Pueden convertir a un desconocido en influencer. Pueden hacer que un político parezca más querido de lo que realmente es. Pueden posicionar una acusación contra un adversario antes de que exista una sola prueba. Pueden atacar a periodistas. Pueden generar tendencias artificiales y, en el peor de los escenarios, provocar que ciudadanos reales reaccionen ante una realidad que nunca existió.

Una empresa podría utilizar estas herramientas para destruir a un competidor. Un grupo empresarial podría fabricar una campaña de apoyo a una decisión gubernamental. Un influencer podría aparentar millones de seguidores. Un funcionario podría presumir una popularidad inexistente. Y entonces el mercado, la política y la sociedad estarían tomando decisiones basadas en números falsos. Ése es el verdadero negocio de las granjas de bots: fabricar percepción.

Por eso México debe observar con enorme atención cualquier intento de importar este modelo de operación política y digital. No se trata de censurar opiniones de izquierda, derecha, gobierno, oposición, empresarios o ciudadanos. Todo lo contrario. Se trata de proteger el espacio donde esas opiniones compiten, porque una democracia puede soportar una opinión equivocada.

El caso Cerimedo tiene todavía muchas preguntas abiertas y corresponde a la justicia determinar responsabilidades por el ataque contra Beller y por cualquier otro delito que pudiera acreditarse. Pero el hallazgo reportado por la fiscalía sobre una presunta granja de bots obliga a mirar un fenómeno que ya no pertenece a la ciencia ficción.

Temas: