Apocalipsis IA: cuento de hadas de Silicon Valley

Paul Lara

Paul Lara

Cyberpunks

Las cosas como son: el melodrama apocalíptico de que la inteligencia artificial nos va a extinguir antes de 2030 es risible. Pero es triste ver a presentadores de la talla de Anderson Cooper con cara de funeral, mientras exempleados de OpenAI o Anthropic —como el hoy omnipresente Jacob Coxon— le aseguran al mundo que a la especie humana le quedan cinco años de vida si la IA decide dar el “golpe de Estado definitivo”. Es lo malo de tener “periodistas” que no investigan y se suben a las tendencias del escándalo para vender.

Claro que hay riesgos reales, tangibles y que ya nos están respirando en el cuello, como es el cambio climático por el uso excesivo de la IA (los centros de datos que secan poblaciones completas y generan altos gastos en electricidad), los problemas de ciberseguridad que se están exponenciando, el creciente control de lo que vemos, leemos y decimos y hasta las famosas granjas de chatbots que están moliendo a palos a las democracias en el mundo.

Esta narrativa hollywoodense de que los algoritmos van a cobrar conciencia, diseñar un supervirus y exterminar hasta al último humano para 2030 es, francamente, un cuento de hadas. Y uno muy conveniente para el marketing de Silicon Valley.

Esta semana coincidía con Gary Marcus, una de las voces más sensatas dentro de este caos, que señalaba que la tesis del apocalipsis existencial antes de terminar la década no sostiene el menor análisis riguroso. Para que una superinteligencia nos extinga en cinco años tendrían que cumplirse premisas ridículas. 

Primero, asumir que estamos a un par de pestañeos de la inteligencia artificial general (AGI), cuando la arquitectura actual de los grandes modelos de lenguaje (LLMs) topa continuamente con pared y requerirá años —y varios saltos tecnológicos— para siquiera acercarse.

Segundo, asumir que las máquinas tendrían una capacidad militar omnipotente en el mundo físico y que la humanidad simplemente se cruzaría de brazos a esperar su ejecución.

¿Por qué entonces los mismos desarrolladores de Anthropic y OpenAI insisten en que hay 10% de probabilidad de que su creación nos aniquile a todos? Sencillo: concentración de poder y chequeras abiertas. El miedo vende.

Cada vez que un insider sale a los medios a gritar que su algoritmo es “tan peligroso que podría destruir el planeta”, los fondos de capital de riesgo no salen corriendo asustados; salivan. Se apresuran a inyectar miles de millones de dólares a esas mismas empresas.

El alarmismo apocalíptico ha sido el mejor vehículo de mercadotecnia para posicionar a un puñado de startups como los “dioses en potencia” de la tecnología moderna, justificando valuaciones estratosféricas mientras desvían la atención de lo importante.

El verdadero peligro de la IA no es un riesgo existencial (la extinción de la especie), sino un riesgo catastrófico e inminente en el tejido social que ya estamos experimentando hoy: erosión democrática y desinformación. La capacidad de generar deepfakes masivos y propaganda sintética personalizada por un costo prácticamente nulo.

Vulnerabilidad en infraestructuras. Ciberataques potenciados por IA capaces de tumbar redes eléctricas o el sistema bancario en minutos. Vigilancia autoritaria a través del uso de modelos para el control ciudadano a escalas que harían sonreír a George Orwell.

Otro factor a temer es la degradación cognitiva: estudiantes sustituyendo el pensamiento crítico y el aprendizaje real por respuestas automatizadas que no entienden. Ya vimos lo que sucedió en la prueba PISA a escala mundial.

Preocuparse porque una superinteligencia cree un virus letal para erradicar a los ocho mil millones de humanos (algo que ni los virólogos más pesimistas ven viable) es una distracción barata. La IA no necesita destruir a la humanidad para arruinar a la civilización, le basta con desmantelar nuestras instituciones, la verdad y la economía digital.

Dejemos de validar las fantasías mesiánicas de los profetas de Silicon Valley. Menos cuentos de terror para levantar capital y más regulación pragmática sobre los daños que la IA ya nos está haciendo desde hoy en la mañana.