México es un país de tradiciones, y estudiar su historia es, sobre todo, estudiar la persistencia de esas tradiciones bajo nombres nuevos. Entender el sistema político del México posrevolucionario, ese que Daniel Cosío Villegas y Jorge Carpizo se propusieron radiografiar, ayuda a comprender el actual. Sostenido por una tríada —un presidencialismo dotado de facultades metaconstitucionales, un partido hegemónico capaz de contener dentro de sí toda la disidencia que en otro sistema habría buscado cauces externos, y un corporativismo que organizaba esa disidencia por sector antes de que pudiera articularse como oposición propiamente política— el diseño ha probado durar más tiempo del que, se dice, “duró”.
La figura presidencial queda protegida del desgaste que corroe a su propio partido, de modo que, cuando Morena atraviesa una crisis de credibilidad y sus cuadros se fracturan públicamente, no termina de alcanzar la presidencia con la misma intensidad. En algunas encuestas recientes ha caído la aprobación de Morena y, en menor medida, la de Claudia Sheinbaum, lo que confirma que el desgaste golpea con más fuerza al partido que a la figura que lo encabeza. El partido hegemónico no es novedad. Un partido de la escala de Morena nunca fue ni podía ser homogéneo, ya que no exige unanimidad sino disciplina, de la misma manera en que las corrientes internas del PRI producían transiciones de un signo ideológico a otro sin que el partido perdiera jamás el control del proceso. Del descontento, mostrado en las encuestas, que Morena ya no logra retener, parte migra hacia la “oposición” formal, pero en sumas que no compensan enteramente los puntos perdidos por el oficialismo. Quienes se alejan de Morena no están necesariamente migrando hacia una alternativa, sino quedándose sin ninguna que les resulte creíble.
Es la misma tradición la que explicaría por qué hablar de oposición en México suele ser hablar de una ausencia o, mejor dicho, de fuerzas dentro del mismo partido en el poder. Los partidos que hoy compiten contra Morena no ofrecen un modelo alternativo de hacer política, sino una versión disminuida del mismo modelo que el anterior PRI perfeccionó y Morena replica con maestría, porque en el imaginario heredado ser partido y ejercer oposición significa aspirar a ocupar ese mismo lugar hegemónico, no a construir uno distinto. La oposición fracasa, entre otras cosas, porque intenta replicar la fórmula del partido en el poder sin las condiciones que la hicieron posible.
El corporativismo sigue reconocible en los liderazgos regionales que hoy dependen de Morena para obtener recursos y legitimidad, en los movimientos sociales que se activan o se desactivan según convenga al centro, en la manera en que el descontento local se resuelve negociando directamente con quien manda arriba en lugar de organizarse hacia los lados. Ese descontento disperso rara vez se convierte en fuerza política nueva, porque el diseño mismo le ofrece salidas locales antes de que necesite buscar una salida nacional.
Pero en la historia se encuentran también algunas claves que amplían la frontera de posibilidades. La creación de organismos constitucionales autónomos y el fortalecimiento de instituciones abrieron grietas reales en el diseño heredado, contrapesos que durante años funcionaron como frenos genuinos al Ejecutivo, aunque esas mismas aperturas hayan sido nuevamente sometidas a la tradición después. Quien llega al poder por la vía del voto, incluso viniendo de una oposición que prometió romper con la tradición, ha preferido con frecuencia perpetuarse en él antes que sostener los candados que limitarían su propio margen de acción.
Nada de esto describe un fenómeno inédito. Claro, hay actores nuevos que disputan el poder, pero las reglas con las que México hace política siguen siendo, con matices, las descritas hace medio siglo. Marx escribió que los grandes hechos de la historia ocurren dos veces: la primera como tragedia y la segunda como farsa. No se admiten sorpresas, pero sí varias preguntas: qué le falta a la oposición para parecerse menos al poder que enfrenta; qué tanto se exige que los contrapesos sobrevivan a quienes los consideran estorbosos; qué huecos existen hoy que el México posrevolucionario no tenía, y si esos huecos alcanzan para imaginar, por fin, una manera distinta de jugar el juego.
