México, país en escombros
La traza de las ciudades mexicanas, desde las primeras comunidades coloniales, siguió un modelo o patrón.
Pudiera parecer exagerado el encabezado de esta colaboración. Sobre todo, por los variados puntos de observación desde los cuales pudiera hacerse semejante afirmación. Pero no, no hay ningún sentido figurado ni intento de ataque a un enclave político o administrativo en específico.
La traza de las ciudades mexicanas, desde el establecimiento de las primeras comunidades coloniales, siguió un modelo o patrón que, atinadamente, era regulado por una dependencia desde la gran metrópoli, la cual dependía, como todo, de su Majestad el rey de España.
Con una gran influencia de lo que, en grandes lecciones de urbanismo había dejado el viejo Imperio Romano, se planeaba el diseño de la villa o ciudad que los trabajos de colonización del gran territorio de Las Indias exigía. Acto seguido, se sometía a consideración de la Corona, que autorizaba o, en su caso, corregía la propuesta. No podía faltar, siempre por delante, el templo o la parroquia, adornada con su plaza. En torno a ella se desarrollaban las calles, las instalaciones públicas, las viviendas, así como el aprovisionamiento de agua al poblado en ciernes. Hoy, todavía, es de admirar el estilo amurallado de ciudades tan antiguas como Segovia, donde el viejo cal y canto delimita los trigales y la zona urbana. En el caso de las ciudades mexicanas del Siglo XVIII y anteriores, salvo los establecimientos mineros, caprichosos como su topografía, hoy se puede observar el apego a la nomenclatura con la que se trazó el diseño original.
Pasaron los siglos. Llegó la Independencia; luego el siglo XIX, con toda su turbulencia; después el porfiriato, que intentó imponer un orden sobre el gran desbarajuste que dejó una Colonia decrépita, y cuyo reflejo era, por cierto, la premisa de “Mátalos en caliente”, que restableció el orden e impuso la paz porfiriana.
Don Porfirio, tan denostado a partir de su caída, por su larga permanencia y errores en su concepción de equilibrio y justicia social, no sólo desarrolló ferrocarriles y puertos, sino, también, infraestructura urbana con mínimos elementos de urbanismo que son innegables.
En la segunda mitad del siglo XX, el estallido demográfico y la presión sobre el sector rural, desembocó en una explosión urbana que desquició lo que restaba de la vieja planeación, estableciendo favelas mexicanas, como aquella llamada Cartolandia, en Monterrey, así como muchas otras, en cada gran ciudad del país.
Como reacción pública a este creciente y alarmante problema, nacen las secretarías de asentamientos humanos y equivalentes, a nivel federal, estatal y municipal, con abundantes leyes, reglamentos, permisos, oficinas. Y mucho se logró controlar los daños ante la anarquía galopante.
Pero algo, en algún momento, falló. Basta dar un vistazo al lado de las grandes vías, como la México-Querétaro, y seguir por el Bajío, para comprobar que existe un serio problema de planeación y control en todo el país.
Escombros, escombros y escombros. Basura, basura y más basura. Mientras todos, en la sociedad y los gobiernos, discutimos y buscamos soluciones para los grandes y urgentes problemas nacionales, económicos, sociales, electorales, educativos, etc., contemplamos “con naturalidad” este paisaje deplorable, sin que nos asignemos tareas y responsabilidades, para su contención inmediata y eliminación en un plazo razonable.
Fuenteovejuna. Todos a una… pero solución a la vista… ninguna. De entrada, y de salida también, ¿no será que el Cabildo en México anda de parranda política y ya olvidó su elemental tarea de regular la convivencia de las comunidades, incluidos baldíos particulares, áreas públicas, derechos de vía, cauces y todo en su demarcación?
Puede lo anterior, no ser verdad, puede no ser mentira pero, desde mi cristal, esto es lo que, al menos, en parte, se mira.
