Otra vida de narco que termina mal

Pascal Beltrán del Río

Pascal Beltrán del Río

Bitácora del director

La noticia del fin de Nemesio Oseguera Cervantes, El Mencho, no llega como sorpresa, sino como la culminación de un guion escrito con sangre desde hace décadas. Su nombre se suma ahora a la larga lista de sombras que creyeron dominar el destino, sólo para descubrir que la narrativa del narcotráfico en México es un círculo cerrado donde la salida es siempre una tragedia.

La vida del líder del Cártel Jalisco Nueva Generación terminó mal, exactamente como sucede con la enorme mayoría de quienes eligen ese camino: asesinados, sepultados en vida en una celda de máxima seguridad o ejecutados tras haber languidecido años tras las rejas.

La historia es implacable y no admite excepciones por más poder que se ostente. Debemos recordar el estruendo de las balas que acabaron con Heriberto Lazcano, El Lazca, cuya caída desarticuló la estructura de terror de Los Zetas, o el final de Ignacio Nacho Coronel en un operativo militar en Zapopan. Y cómo olvidar la imagen dantesca de Arturo Beltrán Leyva, El Barbas, cuyo cadáver fue cubierto de billetes en un acto de humillación póstuma que subrayó la vacuidad de su fortuna. O la de Amado Carrillo, El Señor de los Cielos, muerto luego de someterse a una operación para cambiar su apariencia.

Para quienes no mueren abatidos, el destino es casi siempre el aislamiento absoluto. Ahí está Joaquín El Chapo Guzmán, hoy enterrado en vida en una cárcel de los Estados Unidos, privado de la luz del sol y del contacto humano, o Rafael Caro Quintero, quien ha pasado la mayor parte de su existencia entre muros de concreto, viendo cómo su juventud y su mito se marchitaban en el encierro.

En todos los años en que he sido testigo, desde la trinchera del periodismo, de la vida atribulada y violenta de los grandes delincuentes mexicanos, sólo he conocido el caso de uno de ellos que murió por causas naturales casi sin haber pisado la cárcel: Juan Nepomuceno Guerra. El fundador del Cártel del Golfo presumía cínicamente que sólo había sido detenido unas cuantas horas a lo largo de su longeva vida. Sin embargo, Guerra fue el error de la estadística, no la regla. Los narcos mexicanos han vivido décadas engañados, creyendo que pueden ser como él, o peor aún, se han convencido a sí mismos de una lógica perversa: que más vale vivir unos pocos años con opulencia, poder y emociones extremas, que arrastrar una existencia larga, pero marcada por la pobreza.

Ése es el verdadero drama que subyace tras la muerte de El Mencho. No se trata sólo de la caída de un capo, sino de la vigencia de un modelo de vida que sigue seduciendo. Debemos detenernos y preguntarnos, con dolor y honestidad, ¿por qué México se nos ha convertido en un país en el que una trayectoria que termina inevitablemente mal parece atractiva para tantos jóvenes? México no parece tener nada atractivo que ofrecerles.

Pero más allá de la falta de horizontes económicos, surge una herida aún más profunda: nuestra incapacidad crónica como sociedad para hacer que prevalezca el Estado de derecho. La impunidad ha sido el fertilizante de este cáncer; cuando la ley es una sugerencia y la justicia un privilegio, el criminal se siente soberano.

El sistema ofrece a los jóvenes empleos precarios, educación deficiente y un futuro gris, mientras que el crimen organizado les vende la ilusión de ser protagonistas de su propia tragedia épica. No es casual que el homicidio sea la segunda causa de muerte de los mexicanos de entre los 15 y los 24 años de edad y la primera de aquellos entre los 25 y los 34.

 La muerte de Oseguera Cervantes es un recordatorio de que, en este tablero, el rey siempre cae. Pero mientras no seamos capaces de construir un país donde la vida legal sea más vibrante y esperanzadora que la muerte ilegal, y donde la ley sea una realidad y no un discurso, seguiremos contando cadáveres de hombres que prefirieron el estallido de una granada a la paz de un hogar. El Mencho se ha ido, pero el vacío de legalidad y de futuro en la juventud mexicana sigue siendo la herida más profunda de esta nación.

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