Son los gigantes del océano, pero, a pesar de su tamaño, no dejan de ser frágiles. La imagen habitual de saltos y soplos en Bahía de Banderas, Nayarit, hace unos días se vio opacada por la muerte de una ballena jorobada recién nacida embestida por una embarcación y con 12 cortes profundos. Lo que debía ser temporada de crianza se transformó en una señal de alerta.
La escena obliga a mirar más allá de la postal turística, porque las ballenas no sólo son símbolo del océano, también son aliadas estratégicas en la productividad de los ecosistemas marinos y frente a la crisis climática. En silencio luchan esta guerra por la humanidad.
A menudo suele pensarse en los bosques tropicales como los principales sumideros de carbono. No son los únicos. El Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) y la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) indican que una sola ballena captura, en promedio, 33 toneladas de dióxido de carbono a lo largo de su vida (viven 100 años). Para ponerlo en perspectiva, un roble vivo, uno de los árboles más eficientes, apenas captura 12 toneladas en 500 años.
Así que las ballenas son como bosques flotantes.
Aun cuando mueren y se van al fondo del mar, su servicio al planeta continúa. El carbono se almacena en su biomasa, queda secuestrado en el fondo marino durante centurias y evita que regrese a la atmósfera, de acuerdo con el WWF.
A ese fenómeno los científicos lo llaman carbono azul.
De acuerdo con ambos organismos, recuperar las poblaciones de ballenas ayudarían a mitigar el cambio climático al aumentar la captura de carbono azul.
La aportación de estos gigantes no queda ahí.
Su papel en el ecosistema es vital a través de lo que los científicos llaman bomba de ballena.
Por ejemplo, las ballenas azules, de hasta 30 metros de largo y 180 toneladas de peso, se alimentan de krill, que son pequeños crustáceos parecidos a los camarones que alcanzan unos seis centímetros de longitud.
Las azules se sumergen y después del gran festín, regresan a la superficie para respirar y defecar, liberando nutrientes esenciales como hierro, fósforo y nitrógeno.
La bomba de ballena es un proceso que fertiliza el océano, estimulando el crecimiento del fitoplancton —organismos microscópicos— que hacen que el mar produzca, por lo menos, 50% del oxígeno de la atmósfera que respiran todos los seres vivos del planeta.
No sólo eso, los océanos capturan aproximadamente 40% (37 mil millones de toneladas métricas) del CO2 a nivel global generado por las actividades humanas, lo que equivale a cuatro selvas amazónicas.
A pesar de la importancia de las ballenas, las actividades humanas están convirtiendo los océanos en zonas de alto riesgo. Más los lugares donde se aparean y nacen las crías.
En el Pacífico mexicano, la presión es insostenible. Investigaciones de la Universidad de Guadalajara calculan que sólo en Bahía de Banderas circulan alrededor de 200 embarcaciones turísticas, muchas de las cuales rompen sistemáticamente la norma oficial (NOM-131-SEMARNAT-2010) con tal de satisfacer la demanda de los visitantes por ver a los cetáceos lo más cerca posible.
Las colisiones no son accidentes aislados, son una crisis de “mortalidad críptica” (muertes inadvertidas). Según la Comisión de Mamíferos Marinos de EU, muchas ballenas golpeadas en alta mar se hunden y sus muertes nunca se registran; se calcula que incluso en poblaciones monitoreadas, como la ballena franca del Atlántico Norte, 64% de las muertes nunca son observadas.
En México, 2025 y lo que va de 2026 han sido particularmente sombríos, con reportes recurrentes de jóvenes ballenas jorobadas arrolladas y una preocupante mortalidad de ballenas grises.
Ni los santuarios se salvan. Éstos, deberían ser, por definición, lugares seguros para el crecimiento de la vida marina, pero no lo son.
Embarcaciones con turistas deseosos de observar a las ballenas rompen con las normas de velocidad y acercamiento. Mientras las autoridades ni vigilan ni sancionan.
Un dato que se me quedó grabado del documental La batalla de las azules es que las ballenas pasan mucho tiempo en la superficie, generalmente de noche, lo que las hace vulnerables de ser golpeadas y cortadas por embarcaciones.
Y ellas no muestran un comportamiento para evadir los barcos ni éstos hacen algo por esquivarlas, por ello, las colisiones son las principales causas de mortandad.
Por supuesto que el ecoturismo y el avistamiento de ballenas ayuda al desarrollo de las comunidades costeras, pero también debe generar conciencia sobre la importancia de respetar las normas. Si no se cumplen las buenas prácticas, las playas seguirán siendo cementerios de ballenas.
La Ocean Futures Society, de Jean-Michel Cousteau, la semana pasada hizo un llamado urgente a la Semarnat para aplicar estrictamente la NOM con multas ejemplares y la creación de zonas obligatorias de reducción de velocidad y corredores seguros, así como proteger el Acuario del Mundo.
Cada colisión evitable revela fallas de gobernanza y supervisión. Cada reducción de velocidad que se aplica con apego a la norma demuestra que la coexistencia es posible. Si las ballenas son aliadas en la estabilización del clima y son “ingenieras de ecosistemas”, su protección debería traducirse en política pública estratégica.
